domingo, 26 de julio de 2015

Zapateros revolucionarios: movimiento obrero y profesión

Eric Hobsbawn y Joan W.Scott

"The shoemaker"
Proverbios como «zapatero a tus zapatos», que se conocen en muchos países desde la antigüedad hasta la Revolución Industrial, indican precisamente esta tendencia de los zapateros a expresar opiniones sobre asuntos que deberían dejarse en manos de personas oficialmente ilustradas: 

«Que el zapatero se ocupe de los zapatos y que los hombres ilustrados escriban los libros»; «Los zapateros que predican hacen malos zapatos», etcétera. Desde luego, proverbios de esta índole son mucho menos comunes en relación con otros gremios. 

El radicalismo político de los zapateros del siglo XIX es proverbial. Historiadores sociales de diversas tendencias han descrito el fenómeno dando por sentado que no había necesidad de explicarlo. Un historia­dor de la revolución alemana de 1848, por ejemplo, sacó la conclusión de que «no era coincidencia» que los zapateros «tuviesen un papel dominante en las actividades del pueblo»
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Libro de Hobsbawn, donde se relata la intensa
 relación entre los zapateros y el movimiento obrero
En el siglo XIX los zapateros, como oficio, tenían reputación de ra­dicalismo en los tres sentidos. Eran militantes tanto en los asuntos propios de su oficio como en movimientos más amplios de protesta social. Aunque los sindicatos de zapateros estaban limitados a cier­tas secciones o localidades de un oficio muy nutrido, y sólo eran efica­ces de modo intermitente, estuvieron organizados a escala nacional bastante pronto, tanto en Francia cono en Suiza, por no hablar de Inglaterra, donde el sindicato de Londres, fundado en 1792, se amplió a escala nacional, según se dice, en 1794. los zapateros y los carpinteros fueron los primeros miembros de la Federación de Traba­jadores de la Región Argentina (1890), primer intento de crear un grupo sindical nacional en ese país. De vez en cuando organizaban huelgas a gran escala, y durante la monarquía de Julio se contaban entre los oficios más propensos a la huelga en Francia. También ocu­paban un lugar prominente en las multitudes revolucionarias. Existe abundante documentación sobre su faceta de activistas políticos. De las personas activas en el movimiento cartista británico cuyas ocupa­ciones conocemos, los zapateros formaban con mucho el grupo más nutrido después de los tejedores y los «trabajadores no especificados: más del doble de los trabajadores de la construcción y más del 10 por 100 de todos los militantes cuya profesión se describe. En la toma de la Bastilla, o al menos entre los que fueron detenidos por participar en ella, había veintiocho zapateros, los cuales sólo se vieron superados numéricamente por los ebanistas, carpinteros y cerrajeros; y ningún otro oficio les superó en los motines del Campo de Marte y de agosto de 1792. Los trabajadores que tomaron parle en la Comuna de París en 1871 y que sufrieron la mayor proporción de deportaciones, según señala Jaeques Rougerie, «por supuesto, como siempre, los za­pateros». Cuando en abril de 1848 estalló la rebelión en la ciudad alemana de Constanza, los zapateros aportaron con mucho el mayor número de amotinados, casi tantos como el total de los miembros de los otros dos oficios más propensos a amotinarse (los sastres y los ebanistas). En el otro extremo del mundo, el primer anarquista de quien se tiene noticia, en 1897, en una dudad provincial de Rio Gran­de do Sul, en Brasil, fue un zapatero italiano, a la vez que el único sindicato de oficio que, según los anales, participó en el primer Con­greso de Trabajadores (de inspiración anarquista) de Curitiba, en el Brasil, fue la Asociación de Zapateros.
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Ciertamente, su papel de portavoces y organizadores de los habitantes del campo en la Inglaterra decimonónica salta a la vista al estudiar los motines «del capitán Swing» de 1830 o el radicalismo político rural. Hobsbawm y Kudé señalan que en 1830 la parroquia dada al motín tenia por término medio de dos a cuatro veces más zapateros que la parroquia tranquila.
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Cuando la ideología adquirió una forma primordialmente religiosa, empezaron a reflexionar sobre las Escrituras y a veces sacaban conclusiones poco ortodoxas: fueron ellos quienes profetizaron, predicaron (y escribieron) el mesianismo, el misticismo y la herejía. En la era secular la mayoría de los conspiradores (en su mayor parte comunistas spenceanos) de Cato Street eran zapateros y la atracción que en ellos ejercía el anarquismo era notoria. modo más general, existe, al menos en inglés, un gran número de biografías colectivas de zapateros del siglo XIX, tal como, que nosotros sepamos, no se encuentra en ningún otro oficio.
El zapatero de pueblo
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La reputación del zapatero como filósofo y político popular es an­terior a la era del capitalismo industrial y llega mucho más allá de los países típicos de la economía capitalista. A decir verdad, a uno le da la sensación de que los zapateros radicales del siglo XIX desempeña­ban un papel que desde hacía tiempo se asociaba con los miembro» de su oficio. Los santos patrones del oficio, Crispin y Crispiniano (zapateros), su­frieron martirio porque en su taller de Soissons predicaban la hetero­doxia a sus clientes: en este caso la heterodoxia era el cristianismo bajo el emperador pagano Diocleciano. En el primer acto del Julio César de Shakespeare aparece un remendón a la cabeza de una mul­titud de descontentos que recorre las calles. Los oficiales que aparecen en la obra de Dekker Shocmaker’s Holiday, ejercido isabelino de relaciones públicas por cuenta de! «gremio apacible» de Londres, son característicamente militantes: amenazan con abandonar a su amo si no le da un empleo a un oficial artesano ambulante.
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E. P. Thompson cita el retrato de un «político de pueblo» que en 1849 escribió un satírico de Yorkshire: es, típicamente, un remendón, un anciano y el sabio de su pue­blo industrial: «Tiene una biblioteca de la que se enorgullece bas­tante. Es una extraña colección ... Hay en ella la “Pearl of Great Price" y "Cobbett´s Twopenny Trash ... "The Wrongs of Labour" y "The Rights of Man”, “The History of the French Revolution” y la "Holy War" de Bunyan... Su viejo corazón se calienta como cerveza con azúcar y especias, cuando oye hablar del triunfo de alguna revolución, de un trono derrocado, reyes que vuelan y prín­cipes dispersados por el extranjero ...».
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Los oficiales no se reunían solamente en los talleres, sino también en los caminos y en las posadas que hacían las veces de lugares de reunión donde empleos y ayuda se pedían y recibían de forma muy ritualizada. Abundaban las ocasiones para hablar de los problemas del oficio, de las noticias del día, así como para difundir información en general. En las ciudades más grandes, los zapateros, al igual que la mayoría de los demás artesanos, a veces vivían y trabajaban en ca­lles dedicadas especialmente a ellos. En los centros de fabricación de zapatos para el mercado, ya fuesen urbanos o rurales, no escaseaban otros miembros del oficio. A veces, como el trabajo requería poco es­pacio, varios trabajadores, según el sistema de puttingout, compar­tían un mismo taller. Hasta el más solitario de los zapateros había sido probablemente socializado en la cultura del «gremio apacible« alguna vez. En Es­cocia, por ejemplo, su santo patrón católico sobrevivió a la reforma calvinista con el nombre de «Rey Crispín, y en Inglaterra el Día de San Crispin se celebró como fiesta de los zapateros, a menudo con procesiones del gremio, hasta bien entrado el siglo XIX, o la resucitaban los oficiales con fines políticos, como hicieron en Norwich en 1813. A finales del siglo todavía estaba viva o era recordada en algunas re­giones puramente rurales. El temprano ocaso que en Inglaterra su­frieron los gremios y corporaciones organizados hace que semejantes ejemplos de supervivencia sean más impresionantes todavía.”
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El trabajo de un zapatero era al mismo tiempo sedentario y exigía poca fuerza física. Probablemente, en este segundo aspecto, era el trabajo menos pesado que podían hacer los hombres en el campo. A causa de ello, era habitual que a los chicos pequeños, débiles o físicamente impedidos los pusieran a trabajar en este oficio. En Loitz, Pomerania, «casi las únicas personas que se dedican a este oficio son lisiados o gente que no sirve pata el trabajo agrícola o industrial». De ahí la tendencia a que los zapateros de pueblo, ante la imposibi­lidad de ganarse la vida con su oficio, buscaran como segundo em­pleo. En 1813 una orden de reclu­tamiento naval norteamericana insistía en que se reclutasen «sólo hom­bres fuertes, sanos, capacitados. Pueden reclutarse hombres de ticos en calidad de simples marineros ... pero bajo ningún concepto se embarcaría sastres, zapateros o negros [sic] porque, debido a sus ocu­paciones habituales, raramente poseen fuerza física.
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Su trabajo podía combinarse fácilmente con el pensamiento, la obser­vación y la conversación, sugiriese alternativas intelectuales. Los za­pateros que trabajaban juntos en talleres grandes estuvieron entre los gremios (los sastres y los cigarreros son otros) que crearon la insti­tución del «lector»: los hombres se iban turnando para leer periódicos o libros en voz alta; o se contrataba a un viejo soldado para que leyera; o el chico más joven tenía la obligación de ir a buscar las noticias y leerlas.
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Era una profesión notoriamen­te poco lucrativa. Es difícil encontrar datos preindustriales, pero el cálculo correspondiente a un pueblo suavo del siglo XIX hace pensar que, a causa de la insuficiencia de la demanda, no era posible que un zapatero de allí fabricara, por término medio, más de siete pares de zapatos en un año, de modo que para la mayoría de ellos el oficio no sería más que una fuente de ganancias complementarias, y posible­mente fuera como tal que lo adoptaban. Así pues, la reputación de pobreza del oficio tenía una base sólida, aunque no están del todo claras las razones por las que tanta gente lo ejercía. Quizá lo expli­quen en parte la baratura del equipo básico y la posibilidad de ejer­cer el oficio en casa; quizá también lo explique el hecho de que los zapateros eran reclutados externamente, en vez de entre los artesanos en ejercicio y sus familias. Los impresores y los vidrieros restringían el reclutamiento a sus hijos, parientes y unos cuantos privilegiados ajenos a la familia; raras veces podían hacer lo mismo los zapateros. A resultas de ello, éstos no controlaban la entrada en su oficio ni el tamaño del mismo, y de ahí que tanta gente se dedicase a él.
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El zapatero de pueblo era un trabajador autónomo. Su negocio requería poco capital. El equipo era barato, ligero y portátil, y lo único que necesitaba era un techo modesto sobre su cabeza pata tra­bajar y vivir, en el peor de los casos en la misma habitación. Si bien este factor hacía de él un artesano inusitadamente móvil, no lo dis­tinguía de los que ejercían otros oficios. Lo que sí le distinguía era el contacto con gran número de personas humildes y su independen­cia de protectores, dientes ricos y patronos. Los agricultores depen­dían de terratenientes; los carreteros y constructores dependían de los encargos de agricultores y personas acaudaladas; los sastres servían a los ricos, toda vez que los pobres se confeccionaban su propia vestimenta. El zapatero también servía a los ricos, pues éstos le necesitaban; pero, en la mayoría de los casos, su clientela principal debía de estar entre los pobres, puesto que tampoco éstos podían pasarse sin él
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Por lo tanto, podía expresar sus opiniones sin correr el riesgo de perder su trabajo o sus clientes. Asimismo, se encontraba unido a sus clientes por lazos de confianza. Esto se debía en parte a que era probable que sus clientes fuesen sus deudores, toda vez que los trabajadores agrícolas y quizá los campesinos sólo pedían pagar con intervalos muy prolongados cuando recibían una suma global, por ejemplo, después de  recolección (en Pomerania el día de pago era el 25 de octubre, Día de San Crispín) o entre Pascua y Pentecostés, cuando se renovaban las contrataciones anuales. El zapatero tenía que confiar en sus clientes, pero éstos no tenían motivo para desconfiar.  A diferencia de tantos comerciantes con los que trataban los pobres —el molinero, el panadero, incluso el tabernero, que podían engañarles con el peso o la medida—, el zapatero producía un zapato nuevo o remandado que podía juzgarse en seguida y las variaciones de la cali­dad se debían con toda probabilidad, no al deseo de estafar, sino a variaciones de la habilidad del zapatero.  Así pues, el zapatero tenía licencia pata expresar sus opiniones, de las que no bahía motivo para desconfiar. Que dichas opiniones fueran heterodoxas y democráticas no debería sorprender a nadie. La vida del zapatero de pueblo era análoga a la de los pobres y no a la de los ricos y poderosos. No quería saber nada de jerarquía ni de organización formal. De ambas había bastante poco en su oficio y en muchos casos encontraba trabajo a espaldas y a pesar de los reglamentos de su gremio u oficio. Conocía el valor de la independencia y tenía abundantes oportunidades de comparar su relativa autonomía con la de sus clientes.
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Tam­poco es motivo de sorpresa encontrarlos entre las filas de sans-culottes y, más adelante, de anarquistas. En todos los casos la insistencia en los medios modestos, el trabajo esforzado y la independencia como soluciones de los problemas de la injusticia y la pobreza encontraba eco en la experiencia de los zapateros de pueblo. Buena parte de este razonamiento podría aplicarse también a otros artesanos de pueblo. Pero mientras que, pongamos por caso, el taller del herrero era ruidoso y su trabajo hacía difícil la conversación, el zapatero se encontraba situado estratégicamente para transmitir ideas de la ciudad y movilizar la acción. Su taller en el pueblo era un marco ideal para tal fin y cabe que unos hombres perspicuos que trabajaban a solas casi todo el rato se volvieran locuaces cuando tenían compa­ñía y podían hablar sin interrumpir su trabajo. El zapatero rural esta­ba siempre presente, con los ojos puestos en la calle, y sabía lo que pasaba en la comunidad, incluso cuando no compaginaba su labor con la de sacristán o con algún otro cargo municipal o comunal. Además, sus tranquilos talleres, así en los pueblos como en las ciudades peque­ñas, eran centros sociales, abiertos y dispuestos para la conversación todo el día. No es extraño que en la Francia rural de 1793-1794 los zapateros, jumo con los taberneros, «tuvieran, al parecer, una verdadera vocación por la revolución.
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Huelga decir que en un aspecto importante el taller del zapatero difería de la taberna como lugar de reunión. Los hombres se juntaban en grupos para beber, pero al taller del zapatero acudían de uno en uno o de dos en dos. Las tabernas estaban reservadas a los varones adultos, pero las mujeres o, más probablemente, los niños tenían ac­ceso al intelectual del pueblo. ¡En cuántas vidas de pueblo o de du­dad pequeña desempeñó el zapatero un papel como educador! Así, el Every-Day Book de Honc recuerda a «un anciano honrado que repa­raba mis zapatos y mi cerebro cuando yo era chico ... mi amigo el remendón, quien, aun no siendo metafísico, era dado a rumiar sobre la 'causalidad"». Prestaba al muchacho libros «que guardaba en el cajón de su asiento, con ... las herramientas de su “gremio apacible".

El zapatero era, pues, una figura clave en la vida intelectual y política de las zonas rurales: alfabetizado, perspicuo, relativamente in­formado, intelectual y a veces económicamente independiente, al me­nos dentro de su comunidad pueblerina. Se hallaba siempre presente en los sitios donde era probable que tuviera lugar la movilización po­pular: en la calle del pueblo, en los mercados, las ferias y las fiestas.
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 Como ya hemos señalado, los zapateros empezaron rápidamente a formar sindicatos militantes. Las raíces del sindicalismo, al menos en Gran Bretaña, eran profundas. La línea entre el trabajo artesanal y el asalariado, entre la militancia económica y la política, era aún lo suficientemente imprecisa como para impedir una clasificación excesiva. En Nartvich, condado de Cheshire, por ejemplo, un fuerte sindicato de este tipo celebró el Día de San Crispín de 1833 con: "una majestuosa procesión: el rey Crispín a caballo y ataviado con regias galas ... acompañado por encargados de sostenerle la cola vestidos apropiadamente. Los oficiales llevaban vestimentas propias de su rango y portaban la Dispensa, la Biblia, un par de es­feras grandes, y también bellos ejemplares de botas y zapatos para damas y caballeros ... Casi 500 se unieron a la procesión, cada luso llevando un delantal blanco pulcramente cortado.
El estandarte del sindicato, «emblemático de nuestro oficio, con el lema “Ojalá las manufacturas de los hijos de Crispín sean pisadas por todo el mundo"», despenó gran admiración. Una procesión gremial no hubiese sido muy distinta.
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El zapatero de pueblo compartía con sus honorables colegas urbanos la causa del pequeño artesano independiente. En defensa de dicha causa ofre­cía una crítica de la economía y del gobierno capaz de concentrar los agravios de otros trabajadores c incitarlos a actuar.
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Como hemos tratado de demostrar, el zapatero remendón como intelectual y filósofo heterodoxo de los trabajadores, como portavoz del pueblo llano, como militante gremial, aparece mucho antes de la Revolución Industrial, al menos si se acepta lo planteado en el presente artículo. Lo que hicieron las primeras etapas la industrialización o preindustrialización fue ensanchar la base del radicalismo de los zapateros, incrementando el número de zapateros y remendones y creando un nutrido grupo de trabajadores semiproletarios y empobrecidos, al menos de manera intermitente, de los que realizaban sus tareas fuera del taller. Muchos oficiales artesanos no tuvieron más remedio que abandonar el marco tradicional de las actividades y expectativas corporativas y desplazarse hacia la militancia sindical de los trabajadores cualificados.
Pero sobre todo, lo que hizo este periodo fue incrementar tanto el instrumental del radicalismo político como su repertorio de ideas, exigencias y programas. Las ideologías seculares-democráticas, jacobi­nas, republicanas, anticlericales, cooperativistas, socialistas, comunistas y anarquistas, ideologías de crítica social y política, se multiplicaron y complementaron o sustituyeron a las ideologías de la religión heterodoxa que antes proporcionaban el vocabulario principal del pensamiento popular. Algunas poseían mayor atractivo que otras, pero todas ellas tenían aspectos que concordaban con las experiencias de los zapateros, viejas o nuevas. También se multiplicaron los medios de expresar la agitación y el debate populares: periódicos y panfletos dedicaban más espacio a los escritos de los trabajadores-intelectuales y podían leerse y comentarse en el taller del zapatero. Y cuando el zapatero filosófico  se convirtió en el zapatero políticamente radical, la aparición de movimientos de protesta y liberación social, de un mundo puesto al revés por grandes revoluciones (intentadas, logra­das o anticipadas), le proporcionó un público muchísimo más amplio que le escuchaba, y quizá le seguía, en ciudades y pueblos. No es ex­traño que el siglo que empezó con la Revolución americana fuera la edad de oro del radicalismo de los zapateros.
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No caben muchas dudas de que el papel del zapatero disminuyó cuando el centro de gravedad del movimiento se desplazó hacía las industrias a gran escala (metales, minería, ferrocarriles...) y el empleo en el sector público...Entre los cincuenta y un ex artesanos que en 1951 fueron elegidos a la cámara francesa, había un solo zapatero (socialista) y aunque el Partido Socialista español tuvo a Francisco Mora, zapatero, como secretario durante un tiempo, la ocupación que dominaba de manera clara a ese grupo de artesanos era el ramo de imprenta.


Eric Hobsbawn. El mundo del trabajo. Estudio históricos sobre la formación y evolución de la clase obrera.  Crítica, Barcelona, 1987.

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