lunes, 10 de noviembre de 2014

Ángel Pestaña y el sindicalismo moderno


 Fue un anarquista contra la radicalización de la sociedad española que desembocaría en la Guerra Civil
Los años de la República fueron tan fértiles en ofrecer horizontes de esperanza en España como para frustrar las expectativas de los hombres y mujeres que podían haberlos encarnado. Al republicanismo moderado de Lerroux y al socialismo realista de Prieto debe sumarse el sindicalismo libertario de Ángel Pestaña, un ideal obrero moderno, una utopía razonada, que se estrelló contra la deriva de la CNT, el insurreccionalismo de la FAI y las servidumbres ministeriales de la UGT, y, sobre todo, contra la radicalización de la sociedad española que desembocaría en la Guerra Civil.
Pestaña es un hombre que despierta de inmediato la simpatía de los que se acercan a su trayectoria personal y sindical. Su trabajo durísimo en las minas del Norte desde los 10 años, su orfandad temprana, su inteligencia labrada en la experiencia reivindicativa y en las horas robadas al descanso nos ofrecen la materia prima de la forja de un rebelde. Pero, además, su lucidez táctica, su reproche a los anarquistas iluminados, su condena de toda violencia, su idea de una sociedad libre basada en las convicciones y nunca en la coerción, definen a un hombre para quien la injusticia nunca había de responderse con los métodos dictatoriales del bolchevismo o la brutalidad exhibida por amplios sectores del anarquismo.
En 1931, cuando ostentaba el cargo de secretario de la CNT, firmó con Joan Peiró y otros compañeros el Manifiesto de los Treinta, que fracasó no solo en su deseo de apartar al sindicato libertario de los caprichos insurreccionales de la FAI, sino también en el de constituir un sindicalismo moderno, defensor de la autonomía los trabajadores y desligado de las servidumbres tácticas de los partidos políticos. Lejos de los dictados de un reformismo al servicio del PSOE y más lejos aún de la enloquecida «gimnasia revolucionaria» del cenetismo faísta, los firmantes pretendían cerrar el paso a los que confundían la revolución con «jugar al motín, a la algarada». Urgían a depurar la CNT de todos los que, en sus sueños revolucionarios, daban la espalda al «hondo sentir del pueblo», para seguir en sus movimientos a unos individuos que «se convertirían en dictadores al día siguiente de su triunfo».

Calumniado por Montseny

Las verdades como puños del documento, junto con los esfuerzos de moderación desplegados por Pestaña, llevaron a sus firmantes a la expulsión. Aquel extenso y precioso patrimonio del obrerismo español fue capturado por una secta sin escrúpulos. Federica Montseny se permitió, incluso, calificar de delincuentes, de traidores comprados por la patronal y de lindezas por el estilo a quienes habían dedicado muchos más horas que ella a levantar la CNT. Todo porque los que, de verdad, se habían partido el pecho por crear un sindicato de libre asociación de los trabajadores no estaban dispuestos a sacrificarlo en el altar de la chulería pistolera y la soberbia elitista que lo llevarían a la inoperancia y el descrédito, hasta el punto de quebrar para siempre la fuerza de la tradición libertaria en España. Lo que podía haber sido cuna de un sindicalismo de acción directa, sin interferencia ministerial, independiente de intereses partidistas y liberado de los arrogantes criterios de una elite revolucionaria, se frustró en las agitaciones sociales que llevaron a la tragedia de 1936.
Pestaña ni siquiera logró el acuerdo con algunos de los compañeros del Manifiesto, en especial Joan Peiró, uno de los sindicalistas más inteligentes y honestos que la CNT proporcionó a la historia universal del movimiento obrero. Su proyecto de una organización política laborista a la española, el Partido Sindicalista, no consiguió agrupar más que a algunas figuras secundarias de los grupos opuestos a la FAI a comienzos de 1934. Tampoco el debut de la nueva formación sirvió para abrir un debate entre la tradición apolítica libertaria y los partidarios de crear un espacio de intervención institucional que pudiera compensar el monopolio del socialismo marxista. Bien que habrían de lamentarlo, después, quienes consideraron una de las mayores debilidades del Frente Popular la ausencia de una representación disciplinada de trabajadores sin ataduras al PSOE o el PCE. La cultura obrera con mayor arraigo en la España del primer tercio del siglo XX quedó al margen de la dirección gubernamental de la zona republicana durante la Guerra Civil y en perpetuo estado de ambigüedad, que ni siquiera evitaría a los exquisitos ortodoxos del anarquismo de 1931 vestir la púrpura ministerial en 1936.

Fraternidad y no odio

Año y medio después del estallido de la Guerra Civil, la posibilidad de que Pestaña pudiera influir de nuevo en la CNT se malograría por el agravamiento de su delicada salud y por una muerte prematura. En sus últimos meses de vida hizo ingentes llamamientos a la unidad de los trabajadores y a la lucha contra la influencia del comunismo. Los hizo, también, a la necesidad de proteger a las clases medias, en cuyo maltrato veía una de las causas del ascenso del fascismo en Alemania. No sabemos si habría logrado recuperar alguna influencia en la CNT o si la muerte le ahorró la agonía de contemplar, impotente, su desguace y envilecimiento. Lo que sí sabemos, lo que podemos recoger en este largo examen sobre la idea de España, es lo que Pestaña escribió en 1933 en «Lo que aprendí en la vida», uno de los testimonios más conmovedores sobre la peripecia vital de un obrero entregado a la suerte de los humildes sin asomo de rencor ni brizna de jactancia : «La dictadura proletaria nos conduciría a caer en los mismos vicios que año tras año venimos combatiendo. Porque no es el odio quien debe guiar nuestro pensamiento, sino la fraternidad. Y a los que trabajamos por una sociedad mejor ha de guiar nuestro pensamiento la idea de justicia y de equidad, y no la idea de imposición o de la fuerza brutal que somete, pero que no convence».
 

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