domingo, 19 de octubre de 2014

Vicente Cutanda: realismo obrero




Uno de los pintores más característicos del realismo español de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX fue Vicente Cutanda.
Nacido en Madrid en el seno de una familia intelectualmente destacada, pues su padre fue el creador de la cátedra de Organografía y Fisiología de Madrid y Académico, tuvo una infancia difícil, ya que padeció una enfermedad nerviosa, con consecuencias sobre la vista. Desde muy joven se inclinó por los estudios de matemáticas y por la pintura. Pero su salud delicada no le permitió seguir los estudios regulares que abandonó para dedicarse por su propia cuenta a pintar y a crearse su propio estilo.
Recuerdos del país del hierro
En esta etapa madrileña estuvo influido por los pintores Fortuny, Sorolla y sobre todo por Eduardo Rosales (1836-1875) por su dinamismo y su búsqueda de nuevos temas.
Autorretrato
En Toledo fue amigo de muchos de los pintores que se afincaron en esa ciudad atraídos por la belleza de sus calles y por el misterio de sus rincones. Sus mejores amigos fueron el pintor Arredondo y Casimiro Sainz.


Cutanda siempre fue un pintor de escenas, gran conocedor de las posturas del cuerpo humano con una técnica de pincelada larga e improvisada, un pintor que quería plasmar lo que estaba viendo y sintiendo en el momento preciso en que pintaba.
En su primera etapa toledana, tuvo varios encargos de carácter religioso, como los dos santos (San Jacobo y San Ildefonso) que figuran en la sacristía de la catedral de Toledo; La decoración de la ermita de la Virgen del Valle de Toledo y un Retablo de la Crucifixión en el Convento de San Antonio de las religiosas carmelitas. Todas estas pinturas están llenas de sentido religioso profundo.


En 1880, el pintor Arredondo ayudó a Cutanda durante una enfermedad que le alejó de la pintura durante varios meses.
En 1881 volvió a pintar, esta vez escenas en rincones de Toledo y populares. Hay que recordar personajes típicos del país como la “Lagarterana” o el “Toledano” la más famosa de sus “plumillas” es la de la “Torre del Reloj” (1880).
En 1884 le fue encargado un conjunto de 34 tablas para una carroza neogótica destinada a la custodia de Santo Tomé de Toledo.
Ese mismo año fue nombrado profesor de dibujo, por concurso, de la Sociedad Cooperativa de Obreros de Toledo.



En 1887 gana la tercera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes por su cuadro “A los pies del salvador”.El mismo año pinta una figura de “Santa Teresa de éxtasis” de estilo realista exagerado, que raya en la caricatura.
Epílogo
Cuando percibe la necesidad de salir del ambiente de Toledo y se presenta al concurso para obtener una beca de estudios en el Regio Instituto delle Belle Arte de Roma, oposición que gana con el número uno. Se instala en esa ciudad, en la Via Margutta en pleno barrio de artistas, donde pinta “La muerte de Sertorio”. En este cuadro aparece ya su inquietud por temas sociales, pues se trataba del asesinato del general romano Sertorio que capitaneó en España las huestes del bando plebeyo sublevadas contra la dictadura de Sila. Cutanda prefiere dejar el cuadro en estado de boceto, quizá para no quitar fuerza al tema. El cuadro mide 3m. de alto por 5,85m. de ancho.
Preparativos del Primero de Mayo

La promulgación de la Encíclica del Papa León XIII “Rerum novarum” (1891) relativa a la condición de los obreros, provoca en Cutanda una gran impresión. Por ella el pintor justifica su tendencia obrerista, avalada por la actitud de la Iglesia ante el problema social, pues, como toda la pintura de Cutanda tiene un fondo religioso, puede ya, sin escrúpulos, consagrase de lleno a pintar temas sociales.
Hasta el año 1900 en el que es nombrado profesor numerario de dibujo en el Instituto General y Técnico de Segovia, recibe varios premios: primer premio en el certamen artístico organizado por la “Revista moderna” de Madrid; Diploma de cooperación de la Diputación de Madrid etc.
Desde 1903 a 1904 es director de la Escuela de Artes y Oficios de Logroño.
Vuelve a Toledo donde se instala como profesor de “Estudios especiales de dibujo y composición decorativa” en la Escuela Superior de Artes Industriales, siendo elegido director de la misma.

No está muy clara la fecha de su estancia en el País Vasco, aunque se sabe que le frecuentó repetidas veces y que en él encontró su auténtica vía artística, es decir: pintar a los obreros, especialmente a los metalúrgicos, en su realidad cotidiana y familiar, sin ninguna sublimación, pintar sus ocios, su trabajo, sus peligros y su vida dura y sin horizontes en una época incierta de comienzos de una industrialización ante la cual se encontraban desamparados.
Epilogo
Ilustra en revistas como “La Ilustración Artística”, “Blanco y Negro” y otras, la situación de los obreros, concretamente de los “Altos Hornos” de Baracaldo, como el “Despido del trabajo” (1986), “Durante el descanso” (1897), “Recuerdos del país del hierro” (1893), “Contraste” (1904), “Fuera de combate” (1896), Preliminares del 1 de Mayo (1894) y el cuadro “El pulso de los ferrones” (1921), recientemente adquirido por el Museo de Bellas Artes de Vitoria.

La piedra

Por otra parte, también fija en sus lienzos la lucha por la vida de esos obreros por medio de sus organizaciones y de sus huelgas. Es especialmente interesante el cuadro “Preparativos para la huelga”, “Epílogo” y sobre todo “La huelga de obreros en Vizcaya” con el que obtuvo la medalla de primera clase en la Exposición Internacional de Madrid de 1892. Este último cuadro, perdido durante decenios, fue encontrado, casi milagrosamente por el Subdirector de Conservación del Museo del Prado de Madrid, Don José Luis Diez y será colgado, a pesar de sus grandes dimensiones, en las futuras salas dedicadas a la pintura del siglo XIX de dicho Museo.
Cutanda fue un hombre fiel a sus ideas, a su sentido familiar y a sus convicciones religiosas. Aunque nunca intervino en política, rompió una lanza a favor del obrero, del más débil y del mas rechazado por la sociedad.

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