jueves, 3 de julio de 2014

1914-2014. CENTENARIO DE LA LA MUERTE DE ANSELMO LORENZO


Este año se celebra un centenario más. Éste seguro que pasa desapercibido. Así es la vida. Así es la historia de los sin historia, así es la historia de los pobres, de los que sin embargo construyen la historia. 
Anselmo Lorenzo, el "abuelo" como llegó a ser llamado cariñosamente en los medios obrero, fue uno de los primeros internacionalistas españoles y es considerado como uno de los padres del anarquismo ibérico. Militante obrero pobre, tenía muy claro que la emancipación de los oprimidos no sólo se trataba de una cuestión material, sino que tenía más que ver con cuestiones del espíritu. Reproducimos una semblanza escrita ya hace años pon Juan José Morato, editad y revisada por Víctor Manuel Arbeloa, y que más recientemente fue publicada junto con otras semblanzas (Ricardo Mella, Pablo Iglesias, Farga Pellicer y Guillermo Rovirosa) en el libro "militantes obreros". Reproducimos dicha semblanza desde esta página virtual a modo de recuerdo

Anselmo Lorenzo
LÍDERES DEL MOVIMIENTO OBRERO ESPAÑOL 1868-1921
(Selección, presentación y notas de Víctor Manuel Arbeloa)
Autor: Juan José Morato

Vamos a contar la vida de un cajista de imprenta, estudioso, bueno, candoroso, recogido, lleno de fe en un ideal y lleno tambiénde emoción. Con la palabra, con la pluma y con el ejemplo de una vida inmaculada luchó durante más de medio siglo por la liberación de la Humanidad, y por su culpa no se derramó ni una lágrima, ni una gota de sangre

Nació en Toledo el año 1841 —en la misma provincia nació Mora, y en la misma capital nació Facundo Perezagua, que saldrá en estas historias—. Fueron sus padres de condición humildísima, y no pudieron dar al muchacho los estudios para que mostraba afición y aptitud. Así que sólo concurrió a una pobre escuela primaria, y cuando vieron que no andaba mal de cuentas y escribía con letra clara, le enviaron a Madrid al lado de un tío carnal para que le colocase en el comercio, o dígase de “chico” en una tienda. Pero el “chico” no sentía la menor afición al mostrador, y sí a la lectura, y eligió el oficio de tipógrafo.

El autor, que también por el mismo motivo que Lorenzo eligió el mismo oficio, por el suyo adivina el desencanto del muchacho cuando en vez de trabajar en lindas historias y bellos romances, compusiera originales del Diario Oficial de Avisos de Madrid, o bien de la Gaceta de Registradores y Notarios. Para ampliar la instrucción que recibiera y la que había ido adquiriendo en sus lecturas, acudió a las clases nocturnas que se explicaban en aquella benemérita sociedad de menestrales y hombres de las clases medias, que se llamó primero La Velada del Artesano, y después, y hasta hoy, El Fomento de las Artes, digna también, y como el Ateneo de aquellos tiempos, de llamarse Holanda, y cursó simultáneamente aritmética, gramática y francés, viendo galardonada su aplicación con dos o tres medallas, que colgó en la blusa o en la chaqueta del futuro fundador de la Internacional en Madrid, don Segismundo Moret y Prendergast, director de estudios y futuro catedrático, ministro y presidente del Consejo. Estos dos hombres se hicieron amigos y sólo la muerte cortó la amistad.

El proletariado militante, de Anselmo Lorenzo.
Principal obra del autor y libro fundamental
 para conocer a los primeros internacionalistas
españoles

Se creó en el Fomento la masa coral, y Anselmo entró en ella, y después en el orfeón de que ya se habló. Aparte contraer allí amistades con hombres relacionados por el amor al arte, Lorenzo aprendió rudimentos de música y depuró su buen gusto nativo. Habló con Fanelli, que le distinguió de sus compañeros, de cierto por su atención, por su cultura positiva y por su conocimiento del francés, conocimiento al que para ser perfecto sólo le faltaba educación auditiva. Fue vocal del Grupo Madrileño y redactor de La Solidaridad. Amante de la literatura, de gustos afinados por la lectura y estudioso de los maestros, aportó al pobre semanario más trabajos que sus colegas, y él tuvo por entonces el encargo de redactar manifiestos, alocuciones, mensajes, llamamientos y protestas, y aun los carteles encabezados con el famoso ¡Alto! Habló siempre en aquellas reuniones de propaganda improvisadas en casas de corredor y aun en los paseos públicos, de los que salían disgustados los propagandistas por la total indiferencia del público; habló también en la Bolsa, en las reuniones a que convocaban los libre-cambistas y habló en las reuniones de controversia celebradas por los internacionales en un aula de los estudios de San Isidro, o mejor dicho de la Escuela de Arquitectura.

Asistió al Congreso de Barcelona de 1870,con Borrell, Mora y Morago, y allí fue elegido miembro del Consejo Federal, y ya dijimos las andanzas y peripecias de este consejo, que se presentó en la conferencia secreta de Valencia sin Morago, y ya con la hostilidad de éste. La conferencia lo eligió delegado para la de Londres, y allá fue sin esperar el término de las sesiones en Valencia, porque el tiempo apremiaba.

Para escribir la biografía de este hombre ejemplar utilizamos principalmente los dos imponderables volúmenes de El proletariado militante, del mismo Anselmo Lorenzo —de valor inestimable por la documentación y llenos de bellezas artísticas y de emoción—, más también datos del libro de Mora, de La Emancipación, notas que nos ha suministrado de Barcelona un amigo que lo fue de Lorenzo, y la viuda y los hijos de éste, y confidencias con que nos honró Lorenzo cuando estuvo en Madrid el año 1911.

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Durmió en casa de Marx la noche de su llegada, y al día siguiente conoció a la familia de éste y fue presentado a varios delegados. Y he aquí algo de lo que nos cuenta. “La hija mayor —Juana Marx—, joven, de hermosura ideal, incomprensible para mí por no tener semejanza con nada, en cuanto respecta a hermosura femenina, de lo que había visto hasta entonces, conocía el español, aunque como su padre pronunciaba mal, y me tomó por su cuenta para que le leyera algo, por gusto de oír la pronunciación correcta; me llevó a la biblioteca grande y atestada de volúmenes, y de un armario dedicado a la literatura española, tomó dos libros; uno, El Quijote; otro, una colección de dramas de Calderón. Del primero leí el discurso de don Quijote a los cabreros, y del  otro aquellas tiradas de versos grandilocuentes y sonoros de La vida es sueño, reconocidos como joyas del idioma español y concepciones sublimes del pensamiento humano. Las explicaciones que intenté para hacer resaltar los primores de fondo y de forma resultaron inútiles, porque mi joven y hermosa interlocutora tenía ilustración y delicadezas sobradas para el caso, como lo demostró añadiendo a mi exposición muchas otras consideraciones oportunas y atinadas que jamás se me habrían ocurrido”. La conferencia produjo en el ánimo de Lorenzo hondo desaliento, porque no vio en ella sino la lucha de dos hombres por el predominio en la Internacional. Marx y Bakunin, y lucha envenenada por las pasiones. Allí se acordó no admitir a la federación que ya llamaban del Jura, la disolución de la Alianza, no tolerar organismos secretos dentro de la Internacional, y a necesidad de la acción política de los trabajadores como clase —acuerdo contra el que no votó Lorenzo, no obstante las resoluciones de Barcelona y Valencia, adversas a la política—. Y cuando el delegado español dio cuenta de la Memoria sobre organización formulada en la Conferencia de Valencia, “causó gran efecto aquel engranaje de sociedades y federaciones de todos los oficios, de oficios similares y de oficio único, con sus comisiones de propaganda y correspondencia, sus estadísticas, sus congresos, sus cajas de resistencia y toda aquella vida intelectual y de acción capaz, de ser bien practicada, de efectuar no sólo la revolución social, sino de organizar por su propio funcionamiento la sociedad futura”.

Elaboraron esta organización principalmente Lorenzo y Mora. Esta tan perfectamente racional como utópica e irrealizable. Años después lo reconoció y lo declaró Lorenzo. Los congregados admiraron el trabajo y votaron esta resolución: “La conferencia da gracias fraternalmente a la sección española por su trabajo sobre la organización internacional, que prueba una vez más su abnegación por la obra común”. Hubo al término de la conferencia una especie de merienda de despedida, hablando con tal motivo delegados de diversos países, y Lorenzo, a instancias de sus colegas, tuvo que decir unas palabras en castellano, que fueron aplaudidas cuando Engels las tradujo al francés y al inglés.

Volvió a Madrid, encontrándose con la noticia de que era miembro del consejo federal, y dio a éste cuenta puntual de todo lo ocurrido en Londres, sin ocultar sus impresiones desagradables. Siguió trabajando como cajista a destajo o “a línea” en El Imparcial, prestando su actividad al consejo, no sólo en las reuniones y en la redacción de La Emancipación, sino como secretario de la comarca Este, la de más secciones y afiliados. A este respecto se nos ha de permitir un paréntesis. Para mantener correspondencia con las secciones habíase creado en el consejo cinco secretarías, a saber: Comarca del Norte, Paulino Iglesias; del Sur, José Mesa; del Este, Anselmo Lorenzo; del Oeste,

Hipólito Paulí;8 del Centro, Víctor Pagés. Muchos años después, Paulí, cajista de singular gracejo, nos contaba que su secretaría era tan descansada que difícilmente cada dos o tres semanas recibía carta de un pobre pastor de Extremadura que pagaba puntualmente su cuota de socio y el abono de La Emancipación. Viajó por Andalucía cuando lo acordó el consejo, como Mora por Cataluña y Baleares, y después intervino en discusiones, sufrió todos los sinsabores de aquel triste período de luchas enconadas, y conoció a un hombre extraordinario y trabajó con él, Pablo Iglesias. Emigrado de Francia con su esposa, y residiendo en San Sebastián, por una reclamación del Gobierno francés, el yerno de Marx fue internado en España, y vino a Madrid con la hija del grande hombre y un hijito de pocos meses.Tras algunas andanzas, Lafargue se acercó a los hombres del consejo, haciendo amistad con ellos, colaborando en La Emancipación y ofreciéndoseles para cuanto le creyeran útil. Por acuerdo de la Conferencia de Valencia había de llevarse al


Congreso de Zaragoza un dictamen acerca de la propiedad, y conociendo el saber de Lafargue, se le pidió colaboración, auxiliándole Lorenzo. Y he aquí lo que ése dice: “Su inspirador y casi autor —habla del dictamen— es Paul Lafargue, si bien yo puse algún dato español y algo de mi cosecha, y le di una forma española, porque aquél, aunque hablaba el español, como cubano que era, no dominaba el idioma para poder escribirlo, por haber recibido educación francesa”.

Este documento o estudio notabilísimo forma parte del folleto titulado Actas del Congreso de Zaragoza,10 publicado por el Consejo Federal. Lo insertó en folleto El Trabajo,de los albañiles madrileños, y aprovechando el molde se editó como folleto donado a El Socialista. Anselmo Lorenzo lo reproduce en el segundo volumen de El proletariado militante. Se dan estas indicaciones para los estudiosos, incluso para los de campanillas, porque el trabajo es importante. El Congreso de Zaragoza, que no tuvo tiempo para discutir el informe a dictamen, nombró a Lorenzo secretario general del Consejo, que había de residir en Valencia, para llevar una vida llena de peripecias durante algún tiempo. Despidióse cordialmente Lorenzo de sus colegas del segundo Consejo y de La Emancipación, de Lafargue, de su madre y hermanos, y de sus amigos, y marchó a Valencia para seguir cumpliendo sus deberes. El acuerdo de Zaragoza había zanjado las diferencias y tiquismiquis de la Federación Madrileña con los redactores de La Emancipación; así que todo era paz y concordia. Por lo menos esto creían Lorenzo y sus ex compañeros de Consejo.

Pero no era así. En Valencia, Lorenzo fue recibido con demostraciones de alegría por los colegas; pero no tan cordial y efusivamente como él esperaba. Estos colegas eran, ante todo y sobre todo, aliancistas a machamartillo; estaban en relación con los elementos de Barcelona y con Morago, y sospechaban de la sinceridad de Lorenzo por sus amistades y por haber colaborado con Lafargue en el informe acerca de la propiedad. Sobrevinieron en Madrid las expulsiones; pugnaron envenenadamente

El Condenado y La Federación, de Barcelona, contra los expulsados redactores de La Emancipación, y en aquel trance Lorenzo estuvo indeciso, sin dejar por ello de cumplir sus deberes. Los amigos de Madrid le instaban a sumarse con ellos contra los aliancistas; él, que profesaba las ideas de la Alianza, que era anarquista casi sin saberlo, contestaba con vaguedades. Por otro lado, sus colegas de Consejo le dirigían preguntas intencionadas, y hasta “equivocadamente” abrían cartas a él dirigidas personalmente desde Madrid. Y resolvió sus dudas dimitiendo. No sin algunas instancias para que depusiera su actitud, la dimisión le fue admitida, y el Consejo hizo constar que Lorenzo había cumplido con plena satisfacción de todos. “Ni ellos ni yo nunca estuvimos satisfechos”, dijo, y añadió: “La verdad es que de la Federación de Barcelona se recibían indicaciones que parecían órdenes, y que se acataban”. Salió de Valencia, recaló en Barcelona, pero no se atrevió a visitar a sus colegas del Congreso de 1870, temeroso de ver malas caras, y sin más que descansar el tiempo necesario para tomar el tren de Miranda, se trasladó a Vitoria y a la casa de un antiguo camarada —Cano13— que le había dado esperanzas de trabajo.

Estuvo allí dos meses, viviendo de la hospitalidad fraternal de su amigo, y contra la voluntad de éste marchó a Bilbao, después de haber creado una sección varia de la Internacional (julio y agosto de 1872, en plena guerra civil). En Bilbao trabajó algún tiempo; organizó algo más de lo que había hecho, y como su situación fuera insegura y precaria, y un marinero amigo suyo y compañero en ideas le asegurara que en Burdeos tendría trabajo en cuanto llegara, allá fue. Estuvo unos meses. En Bilbao, su propaganda chocó con el ambiente de lucha entre liberales y carlistas; en Burdeos también se metió en propagandas —ahora antielectorales—, lo que le acarreó disgustos. Además, faltó trabajo. Anduvo perplejo. París le atraía, España también —Lorenzo siempre quiso a su patria y a su Castilla—, y se encaminó a Marsella, mas tan escaso de recursos que tuvo que detenerse en Montpellier y Cette para trabajar no más que medio día. Y si al cabo llegó a Marsella fue porque le socorrieron los compañeros y porque vendió en 20 francos un reloj que le había costado en Madrid 60 pesetas.

En Marsella trabajó casi seguro “en obras”, o sea, trabajo inseguro; piques patrióticos y ¡a Barcelona!, a la bella ciudad, en vísperas de la rebelión de un general que dio en tierra con la República; en vísperas de las persecuciones a los intemacionalistas, sancionadas desde el Ministerio de la Gobernación por el ambicioso y amargado señor García Ruiz; persecuciones que prosiguieron en los días del portentoso artífice de la decadencia de España que se llamó don Antonio Cánovas del Castillo. Se presentó a los amigos, que, contra lo que él pensaba, le recibieron con los brazos abiertos y le ayudaron. Por ellos tuvo trabajo al principio, hoy aquí, mañana allí, y luego fijo, de corrector. Y un camarada de Madrid, José Miranda, le obligó a deshacer lo ajustado en lo relativo a hospedaje con una familia, llevándole a vivir con él; esto es, siendo como un hermano en aquel hogar, alegrado por un pequeño de cuatro o cinco años; una alcarreña limpia y hacendosa y un operario laborioso y efusivo. El buen Lorenzo, que nunca entendió palabra de economía doméstica, a pesar de las ásperas lecciones de Bilbao, Burdeos y Marsella, se encontró libre de cuidados crematísticos y bien atendido, incluso al estilo de Castilla. Mas sucedió que su amigo, su hermano Miranda, murió, dejando a la pobre mujer y al pequeño —que años después daría que hablar por su actividad fecunda— sin recurso alguno, y quizá con deudas. Lorenzo se constituyó en jefe de la familia, y acabó uniendo su suerte a la de la cuitada mujer, que luego fue su compañera y que le dio hijas. ¡Llegue a todos nuestro saludo!

Lorenzo entró de corrector en la imprenta de la Librería Religiosa y Científica; después trabajó en la imprenta regentada por el prodigioso Farga Pellicer —“La Academia”—; más tarde le ocupó la imprenta de España, y de allí fue a parar a la imprenta del Hospital, de donde salió para trabajar en la Escuela Moderna, de Ferrer, principalmente como traductor, aunque la casa publicara una óptima gramática castellana de nuestro héroe, que antes había compuesto una excelente sinopsis gramatical para uso de los correctores de imprenta.

En junio de 1874 celebróse en Madrid el IV Congreso1—secreto, naturalmente— y se resolvió que la Comisión Federal residiese en Barcelona, y por entonces Lorenzo, ya en la hermosa ciudad, entraba en la desmedrada sección de su oficio, que al poco tiempo le elegía miembro del Consejo Local, el cual por no poder reunirse sin riesgos, periódica y frecuentemente, designó una comisión ejecutiva de tres compañeros, con poderes para resolver los asuntos de extrema urgencia y para convocar el Pleno. Los tres individuos veíanse en un café, en el paseo o en casa de cualquiera de ellos; el Consejo en pleno se congregaba donde podía, o sea, hoy aquí y mañana allá.

Condújose Lorenzo como siempre, esto es, con celo inteligente y a los pocos meses, el médico aliancista García Viñas—futuro director en Barcelona de La Revista Social1y también uno de los hombres que escucharon la palabra de Fanelli—, preguntó a nuestro hombre lo que opinaba. Lorenzo dijo su sentir. Debía restaurarse la Alianza, crear un núcleo de elementos ilustrados y resueltos, que unidos trabajaran en la organización, principalmente para “dar conciencia” a los afiliados “del montón”, a los “de la masa”.

García Viñas aparentó quedar contentísimo de la idea de Lorenzo, y le invitó a reunirse con él y otros amigos, más los que llevara nuestro héroe, en un almuerzo al aire libre que se efectuaría en la Barceloneta. Allí, en grata camaradería, se juntaron unos doce hombres, y entonces supo Lorenzo que existía y funcionaba lo que él proponía. Y se le admitió en el organismo secreto. El grupo secreto de la Alianza en que entró Lorenzo habíase constituido, trasladándose a Manresa los que la iniciaron para prestar juramento solemne. A Manresa, donde, según la historia, Ignacio de Loyola, animado de un ideal y de una fe hizo penitencia y escribió Las constituciones de la Compañía de Jesús. Esta que llamaremos genialidad de unos jóvenes, tiene un grande valor simbólico.

Había que celebrar el Congreso de 1875 —claro está que como se pudiera—, y con buen sentido la Comisión Federal estimó que ello era peligroso en extremo, e ideó el modo de que tal congreso tuviese efecto con un mínimo de riesgos personales y aun de dispendios. Dividida España en cinco comarcas (las correspondien-tes a los cuatro puntos cardinales, más la central), se resolvió que en cada comarca se reuniera una conferencia, a la que asistiría un miembro de la Comisión Federal. En ella se discutiría el orden del día, se votarían resoluciones, se nombrarían los individuos que habrían de componer la futura Comisión Federal y hasta se elegirían los delegados a los congresos internacionales. Y se llegó a más — porque el sistema duró—, o sea, a parcelar las comarcas, de modo que estas conferencias venían a ser como tertulias de hombres que trataban de negocios o que se divertían. Reunidos después los delegados de la Comisión Federal, se computaban los votos y se publicaban los acuerdos en una circular fechada en España. Se redujo todo lo posible el papelorio escrito, se utilizaron claves, se suprimió el sello en las comunicaciones, y para los nombres se empleó sólo iniciales, a veces trastocadas. Y esta Federación Regional pudo hacer que apareciera en Barcelona un semanario público —La Revista Social— más tres periódicos mensuales clandestinos: El Orden y Las Represalias,en Madrid y El Municipio Libre, en Barcelona, publicaciones que salían puntualmente y llegaban a su destino en España y fuera de ella. Por lo que dice Lorenzo en su Proletariado militante, y por lo que le oímos, en la publicación de Barcelona trabajó como escritor y como cajista. El Gobierno del señor Cánovas ofreció considerables premios en metálico para quien descubriera los lugares donde se estampaban los tales periódicos, más La Crónica de los Trabajadores. Pues aun siendo muchos los hombres enterados forzosamente, ninguno se envileció con el feo oficio de soplón. Como delegado local asistió Lorenzo a la Conferencia Comarcal en Sants el año 1877, y del escrutinio general resultó elegido miembro de la Comisión Federal.

Así como, un año después, era nombrado representante de la Federación en un congreso internacional, para el que convocaban en París elementos principalmente “autoritarios”; mas no asistió a él, porque el Gobierno francés prohibió y metió en la cárcel a los firmantes de la convocatoria.21 Si este congreso se hubiera celebrado, quizá hubiera Lorenzo encontrado en él a su antiguo colega del Consejo Federal, Paulino Iglesias —que con nuestro personaje combatió en 1871 la creación de la Sociedad del Arte de Imprimir— y de cierto con otro colega: José Mesa.

La rama de la Internacional de los anarquistas habíase deshecho en Verviers el año 1877,22 como de hecho habíase disuelto la “autoritaria” el año 1874 en Nueva York, mas la Federación Regional Española se conservó, aunque en esqueleto. En 1881 renacía con singular pujanza. En aquellos tiempos de decadencia pasó Lorenzo unos años de amargura. Un compañero de grande influjo y ensoberbecido —Lorenzo no dice su nombre y nosotros no queremos aventurarlo—, lo acusó de haber falseado los resultados de unas elecciones. Se defendió, mas fue excluido, vio malas caras y hasta se quiso dejarle sin trabajo. Sufrió en silencio, condújose como siempre, y volvió respetado y querido a la organización. Digamos que Lorenzo se adhirió a las doctrinas comunistas —la pugna entre comunistas y colectivistas era enconadísima—, cuando el tipógrafo suizo Enrique Sergi Herzig, colega de Kropotkin en La Revolte y en Le Revolté, anduvo por Barcelona precediendo a su amigo. Se rehizo la Federación Regional; celebró un congreso en Sevilla el año 1881, del que salió fuerte y compacta —ya no mandaba Cánovas—; Lorenzo andaba en la Sociedad Tipográfica de Barcelona, peleando contra la preponderancia de Fernández Herrero, viendo su candidatura para la presidencia derrotada por la del óptimo Toribio Reoyo, y luego entraba en “la asociación” adversa a los elementos de la Federación Tipográfica, que dirigían socialistas.

Pero he aquí que llegó el florecimiento en Barcelona y en otros muchos rincones de España del anarquismo, o dígase de la difusión de estas ideas. 1886. La bella revista que se llamó El productor,27 semanario y luego diario; certámenes literarios, semanarios de la idea acá y acullá, y Lorenzo solicitado por todos y atendiendo a todos con trabajos de su pluma, escritos después de diez horas de trabajo agotador en la imprenta, en tarea de atención tan concentrada como es la de corrector de pruebas. Escribió en limpio castellano bellos artículos, muchos llenos de emoción, que aparecieron en los dos periódicos citados y en Tierra y Libertad, y La Solidaridad Obrerade Barcelona, La Revista Blanca30 y El País31de Madrid, El Porvenir del Obrero32 de Mahón. Y ya en la Escuela Moderna de Ferrer dirigió y escribió el semanario titulado La Huelga General.

Solicitado por colectividades, explicó conferencias, que leía y después regalaba para que fuesen publicadas, destinándose el producto de la venta a fines de propaganda o de auxilio a los presos. Escribió asimismo muchos folletos y hasta un libro —El Pueblo—los dos óptimos volúmenes de El proletariado miltante. De los folletos recordamos los siguientes títulos: El proletariado en marcha, El poseedor romano, Revolución proletaria, Vía libre, El banquete de la vida, El proletariado y la Humanidad, El derecho a la evolución, Acracia o República, La olimpiada de la paz, El proletariado emancipador, este último conferencia que leyó en Madrid en el verano de 1911.

Para la Escuela Moderna tradujo Las aventuras de Nono, algunos otros libros y dos obras de grande extensión y de mucho empeño: El hombre y la tierra, de Réclus, y La gran revolución, de Kropotkin. Además ayudó a Farga Pellicer en la redacción de la extensa obra titulada Garibaldi, historia liberal del siglo XIX.También publicó una novelita —Justo Vives— en un libro artísticamente impreso, en el que hay también una especie de manual para el ejercicio de los derechos políticos, escrito por José Llunas. La novelita es de ideas, se lee con gusto y hay en ella hermosas descripciones. Y todo trabajando para ganar su pan y el de los suyos, y estudiando siempre para ensanchar su formidable cultura.

Presidiendo el Ateneo barcelonés el ex ministro de la República don Juan Tutau, se discutió una Memoria con el tema: “El socialismo ¿es contrario al progreso humano?” y se invitó a las distintas tendencias obreras a que, por representantes, tomaran parte en el debate, que era sostenido en castellano. Los anarquistas designaron a Lorenzo y a José Llunas,37 los socialistas a José Caparó. No fueron todas satisfacciones. Trabajó en la Escuela Moderna; en 1909 se prendió, procesó y ejecutó a su fundador, Francisco Ferrer, y Anselmo Lorenzo se encontró sin trabajo y con escasa posibilidad de lograrlo en la imprenta, a causa de sus muchos años. Entonces ocupó sus forzados ocios en escribir casi todo el volumen segundo de El proletariado militante. Levantado el secuestro judicial a la Escuela Moderna volvió a sus traducciones, y al servicio de la causa murió. Dos veces, que recordemos, volvió a Madrid: en 1887, para asistir a un congreso de la Federación Regional, celebrado en el Liceu Rius, y en el verano de 1911, para explicar en el teatro de Barbieri una bella conferencia con el tema “El proletariado emancipador”.

Y estando en Madrid la última vez estalló una huelga general algo rara. El Gobierno, presidido por el señor Canalejas, suspendió las garantías constitucionales, cerró Casas del Pueblo y centros obreros y llenó las cárceles de “elementos peligrosos”. Lorenzo pidió asilo a una hermana suya. Temía que le detuvieran en Madrid. Su estado de salud era precario, y necesitaba de los cuidados especiales y cariñosos que le prestaban sus hijas, y para lograr que se le dejara volver a Barcelona, aunque allí le detuvieran, y conociendo la amistad con que honraba el señor Canalejas al autor de estas líneas, le habló de ello. Por aquellos días había venido a Madrid el señor Portela, gobernador de Barcelona, y el presidente le habló del asunto. Y Lorenzo pudo regresar a la ciudad que tanto amaba, sin que nunca más fuese molestado. —Siento irme sin saludar y abrazar en la cárcel a Paco Mora; no lo hago, receloso de que no me reciba bien —dijo. Y he aquí el concepto que Lorenzo merecía a las autoridades, y que el señor Portela expresó al señor Canalejas: “Es quizá el anarquista más peligroso de Barcelona, pero es tanta su sagacidad que nunca hay motivo para procesarle”. Lorenzo, tan recogido, sólo era peligroso porque el afán de toda su vida fue —como él decía— convertir a los “ceros en hombres”, crear conciencias y dar convicciones. En las persecuciones sufrió alguna vez que la Policía se llevara de su casa documentos, papeles y cartas que él tenía en mucho y de alto valor histórico. Estuvo afiliado a la masonería, llegando al grado de gran maestre.38 Su entrada en este organismo tuvo efecto en Madrid. Lo mismo cuando se creó en Barcelona Solidaridad Obrera,39 que la Confederación Nacional del Trabajo se adhirió plenamente a estos movimientos, aun pareciéndole poco para sus ideales. Esta adhesión tuvo la forma de cooperación escrita en artículos y en conferencias, culminando la ya citada de Madrid. Trabajó cerca de medio siglo por un ideal, y trabajó sin descanso, noble, desinteresadamente y siempre volando alto. De su pluma no salió una injuria para el adversario, y si alguna vez salió algún juicio molesto nunca fue de aquellos que impiden estrechar la mano del combatido.

Fue operario óptimo, sin que jamás patronos o encargados tuvieran ocasión ni pretexto para dejar de estar contentos de la cantidad y calidad de su labor. Y amó su profesión. Llegó a ser no ya respetado, sino idolatrado de los obreros, y su muerte fue llorada en Barcelona y en muchos rincones de España, y de fuera de ella, y se le llamó entonces, y con razón, “el santo laico”. Murió por los últimos días de diciembre de 1914; marcharon tras el féretro miles y miles de operarios y de hombres de otra condición social; hablaron de Lorenzo los diarios, y Nakens, el enemigo de anarquistas y socialistas, consagró a la memoria del grande hombre un doble y hermoso número de El Motín, donde escribieron de Anselmo Lorenzo plumas ilustres todas, menos una...

Ponemos fin a esta biografía con unas palabras de Anselmo Lorenzo, que en verdad expresan la dirección de toda su actividad: “Es absolutamente necesario querer lo que se llama la masa, como negación de unidad, de número, de cantidad, y por tanto despojarla del carácter de individualidad y de colectividad humanas, dejando de ser materia amorfa para constituir tantas personalidades como individuos la forman”.

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