miércoles, 9 de abril de 2014

Lo llaman “trabajo infantil” pero es esclavitud infantil

 


Todo niño condenado a formar parte de un trabajo del que depende poder satisfacer sus necesidades más básicas y las de su familia, está condenado a trabajos forzados. Y eso está aún más claro si sus padres carecen de un empleo, o el que tienen no les proporciona un salario digno para sacar adelante a su familia.

El presidente de Bolivia, Evo Morales, supuesto adalid del “socialismo del siglo XXI”, ha pasado a la actualidad informativa por declararse parcialmente partidario del “trabajo infantil”. El debate, que no es nuevo, está servido: asociaciones de “niños trabajadores” le reclaman unas “justas” condiciones para un trabajo que “siempre ha existido” y que consideran necesario para colaborar a acabar con la miseria en la que viven sus familias. Además, añade el presidente, el trabajo contribuye a formar su “conciencia social”. Siempre ha existido una corriente que frente al “abolicionismo” y la erradicación total de la explotación infantil ha propugnado la “regulación”.
La confusión nace desde el mismo momento en que hemos aceptado hablar de “trabajo infantil” en lugar de hablar de lo que realmente es: explotación y esclavitud infantil. En Bolivia lo que en realidad hay son más de 850.000 niños entre 5 y 14 años que están explotados. La confusión la han introducido los propios organismos internacionales, con la OIT al frente de ellos, que no para de hablar de “trabajo infantil” y de “las peores formas de trabajo infantil”. La confusión tiene que ver con esa visión burocrática y materialista que rezuma todo el discurso de unos organismos que siempre han servido para lavar la cara del criminal y despiadado imperialismo del Capital que está en el trasfondo de sus decisiones. Evo Morales no ha hecho sino poner de manifiesto esta contradicción. Y es que el “trabajo” en sí mismo no es reprobable. Siempre hemos defendido que los niños “trabajen” en lo que tienen que trabajar: jugando y formándose.
Pero todo niño condenado a formar parte de un trabajo del que depende poder satisfacer sus necesidades más básicas y las de su familia, está condenado a trabajos forzados. Y eso está aún más claro si sus padres carecen de un empleo, o el que tienen no les proporciona un salario digno para sacar adelante a su familia. Este viene a ser el caso de más del 60% de los trabajadores adultos en el mundo. Y el del 70% de los empleos adultos en Bolivia. Y mientras se produzca esta situación, la existencia de los niños en el mundo laboral será una canallada y un crimen inmoral que no hace sino perpetuar un sistema económico canalla y criminal.
 
editorial de la revista Autogestión

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