lunes, 14 de octubre de 2013

Cultura Obrera, cultura de los empobrecidos

Hay ciertos temas históricos que, aún hablando tanto de la memoria histórica, no se quieren ni mencionar. Es el caso de la cultura obrera en los orígenes del movimiento obrero. Existe una intención premeditada de ocultar permanentemente la historia de solidaridad de los pobres, de ocultar cómo éstos han sido capaces de ser protagonistas de sus vidas construyendo desde lo pequeño realidades asombrosas.

Los militantes obreros pobres no buscaron exclusivamente una mejora material, sino sobre todo, generaron una nueva cultura que les permitió crear y sostener organizaciones que se lanzaron a la revolución política y económica. Una frase de un militante de la Iª Internacional resume muy bien esta coordenada de acción: “El hombre no vive solamente de reivindicaciones económicas y políticas”. “Una transformación económica y política significa siempre una revolución moral” (Benoit Malon). Este espíritu queda también perfectamente recogido en el lema de los españoles en esa misma reunión internacionalista: “La miseria y la ignorancia son los principales enemigos del pueblo. ¡Guerra a la ignorancia y a la miseria! Contra la ignorancia, periódicos y libros; contra la miseria, asociación.”
Los componentes de esta cultura obrera tenían además un profundo sentido moral. Esto explica que los militantes obreros más conscientes diesen una importancia básica, decisiva, a su conducta personal, a sus hábitos de vida. Era la expresión del carácter integral de la cultura defendida por los obreros. Ricardo Mella nos ilustra este sentido moral: ¡Con cuánta admiración recuerdo a los bravos luchadores del tiempo viejo! Serios, enteros, de una moralidad a toda prueba, capaces de todos los arrestos sin ridículos desplantes; reflexivos hasta el punto de no comprometer jamás los intereses del proletario, laboraban por las ideas con un tesón firme y sin flaquezas; propagaban continuamente sin desmayos, pero también sin botaratadas; y cuando llegaban los momentos de lucha, no volvían la cara y si caían vencidos no imploraban favor ni aceptaban merced del poderoso.
La historia del movimiento obrero ha sido una historia de liberación, por su capacidad de convertir una situación de opresión e injusticia en una situación de emancipación. Sin ocultar que también ha sido una historia con traición por parte de las organizaciones obreras que renunciaron a la militancia por la burocracia y a la libertad por la concertación con los grandes poderes de la Tierra.
En España, el conocimiento de esta conciencia obrera se la debemos a un pequeño núcleo de militantes cristianos conversos que, de la mano de Guillermo Rovirosa y Julián Gómez del Castillo, pusieron en marcha la Editorial ZYX durante el franquismo. Aunque esto cueste reconocerse por los movimientos más ranciamente sectarios. Lo cierto es que ni por asomo el mundo del trabajo actual vive esta conciencia. Este vacío lo han ocupado los valores de la cultura burguesa establecida que, hoy como ayer, afirman el poder, el lucro, el individualismo, el materialismo y la utilidad. Construir una nueva sociedad, una nueva economía, una nueva política... pasa por no olvidar jamás el componente cultural y moral revolucionario sobre la que habrá de sostenerse. Así nos lo puso de manifiesto la cultura obrera militante de pobres.


Editorial de la revista Autogestión número 100

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