lunes, 10 de diciembre de 2012

Monseñor Affre: El obispo que murió en las barricadas

Rodrigo Lastra

Monseñor Affre: El obispo que murió en las barricadas





Denis Affre nació en St. Rome de Tam, en el Departamento de Tam, el 27 de septiembre de 1793, en esa Francia todavía convulsa por la recién estrenada Revolución. A la edad de 14 años ingresó en el seminario de San Sulpicio. Destacó tempranamente como un excelente alumno. Comenzaba así un difícil caminar por aquella Iglesia del XIX, de la que empezaba a dejar de ser la catolicísima Francia. Iglesia, que vivía momentos muy difíciles, y que el acoso de los vientos de cambio que recorría Europa, y cuyo epicentro estaba en su Francia natal, habían puesto a la defensiva.

Tras completar sus estudios, pasó algún tiempo como profesor de filosofía en el seminario de Nantes. Fue ordenado sacerdote el 16 de mayo de 1818, e ingresó en la comunidad de San Sulpicio. Su capacidad de entrega, y su buen acierto en las gestiones que le tocó desempeñar, hizo que fuera sucesivamente vicario general de las diócesis de Luzón y de Amien. En 1839, fue nombrado coadjutor de Estrasburgo, labor que jamás desempeñó debido a que fue llamado para que sirviera como vicario capitular de Paris. Cinco meses más tarde de la muerte del Arzobispo Quélen fue nombrado para que ocupara la sede vacante (1840). Ochos años ejercería su entrega al ministerio episcopal, hasta que en 1848, el Señor le tenía reservada la entrega más sublime, la de su propia sangre por la reconciliación de los hombres. Estos ocho años estuvieron marcados por su preocupación por la cultura, la educación, la formación sacerdotal, y por la situación de los pobres. En 1845 crea la escuela del Carmen para estudios avanzados, que se transformará más adelante en el instituto católico de Paris. Así mismo promueve en su diócesis un plan de seguros para los más pobres.

La llamada cuestión social, término usado para definir cínicamente a la injusticia entre una burguesía, cada vez más poderosa, y una clase obrera cada vez mayor y más empobrecida, iba a ser el gran drama de ese siglo. La burguesía había sido la gran ganadora de la Revolución Francesa, instaurando la revolución política necesaria para el desarrollo masivo de la revolución económica y la implantación del capitalismo por toda Europa… a costa de la sangre de los pobres. A costa de la explotación cada vez mayor de legiones de hombres, mujeres y hasta niños. Y ahí va a nacer el movimiento obrero. La fuerza del que nada tiene, descubrirán, es la fuerza del que todo lo da. La fuerza de los que nada poseen, será la Solidaridad.

El movimiento obrero va a nacer de una sociedad cristiana, y con unos principios profundamente evangélicos. Los ideales que la cultura obrera defendía eran ideales cristianos: la dignidad de la persona y su libertad eran herencia que ellos habían recibido entusiastamente de la religión cristiana, en la cual el hombre es imagen de Dios, y su paternidad, hace a todos los hombres hermanos. Su fuerza liberadora fue eficaz porque se apoyaba sobre un humus cristiano, sobre la idea cristiana de la dignidad absoluta de la persona humana. Miles son los hechos y testimonios que lo aseveran. Un contemporáneo y compatriota de Mons Afrre, Pierre Joseph Proudhon, filósofo y padre del anarquismo, escribió en aquellos años que El cristianismo es el hecho más grande de la Historia universal. En todas partes, en nombre del Evangelio, la servidumbre fue dulcificada, transformada:: colono del fisco, aparcero o mercenario, el trabajador comenzó a participar en la posesión de si mismo. Hasta entonces había sido cosa, entonces se convirtió en persona. El Evangelio fue la primera de las revoluciones. Su dogma fundamental era la unidad de Dios; su divisa la igualdad de todos los hombres ante Dios…el cristianismo creo el derecho de gentes, la fraternidad de las naciones; en razón de su dogma y de su divisa fueron abolidas sucesivamente la idolatría y la esclavitud, y fue así como la Buena Nueva renovó el mundo y renovándolo lo conservó.

A pesar de esto, a medida que transcurre el Siglo XIX, se producirá un desencuentro entre la Iglesia y el movimiento obrero. Muchas veces por el escándalo de numerosos cristianos, de un falso cristianismo aliado con una moral burguesa ajena a sus orígenes. La acusación más grave que en los medios obreros se hacía de manera constante a los curas, frailes y cristianos, es que no eran evangélicos. Que su forma de vida, no tenía nada que ver con la del hijo del trabajador, Jesús de Nazaret…Hasta para criticar a la Iglesia, su patrón de medida era el propio Evangelio. La moral, los valores de referencia para los pobres, van a ser los evangélicos. De manera decisiva contribuirá también a este alejamiento el ateismo infiltrado en el movimiento obrero también desde una intelectualidad ajena al proletariado. El ateismo es aristocrático, afirmaba Robespierre. Eso era evidente: el nacimiento social del ateísmo desde el siglo XVIII se produce en la aristocracia, y a finales del siglo XIX se inyectó en las organizaciones obreras.

Por reconciliar este desencuentro, cuyas consecuencias durante más de un siglo serán dramáticas para al Iglesia y para el movimiento obrero, es por lo que entregó su vida Mons Afrre. Cuando en febrero de 1848 se producen los primero conatos de revolución obrera en Paris, Mons Affre tenía esperanzas en que sirviera para mejora la situación de los trabajadores. Incluso se produjo colaboración entre la Iglesia parisina y los insurrectos. La revolución forzó la abdicación de Luis Felipe y la proclamación de la II República, que contemplaba el sufragio universal, frente al censitario, así como la libertad de prensa, de asociación y el derecho al trabajo. El gobierno provisional, que contó por primera vez con miembros socialistas, implanta la jornada laboral de 10 horas.

En junio la revolución se radicaliza y la pequeña burguesía, que había estado del lado de los obreros, se alía con la alta burguesía. La lucha contra el absolutismo se convierte en una lucha interclasista entre burgueses y proletarios. Los bandos se enfrentan en cruel pugna que arrebata millares de vidas, Federico Ozanam, que desarrollaba su labor entre los más pobres de Paris, acude en búsqueda de su amigo el Arzobispo de París, para pedirle que interceda y que se interponga entre los dos campos en pugna para evitar más muertes. El Arzobispo Affre, asume con entusiasmo la bandera de la reconciliación y arregla una tregua para enarbolarla pacíficamente en su persona procurando el cese definitivo del fuego de las armas. El General Cavaignac, le advirtió del peligro que corría. Mi vida, contestó el Arzobispo, vale muy poquito, y gustosamente la arriesgo. Así, vestido con su sotana morada y con su cruz pectoral visible, el Arzobispo de París, quien será mártir de la reconciliación, avanzará por entre los dos bandos. Poco después que el fuego cesó a petición suya, apareció en la barricada a la entrada de Faubourg Saint-Antoine, acompañado por un colaborador, quien vestía un traje de trabajador y llevaba una rama verde en señal de paz. Fue bien recibido, pero cuando solo había hablado unas pocas palabras se escucharon unos disparos, y de nuevo se abrió el fuego. El Arzobispo cayó mortalmente herido ese domingo, y su muerte ocurrirá al día siguiente, 26 de junio de 1848.

Carlos Marx, en su texto La guerra Civil en Francia, escribió: ¿Acaso en junio de 1848 Cavaignac y sus gentes del Orden no habían lanzado gritos de horror, estigmatizando a los insurrectos como asesinos del arzobispo Affré? Y ellos sabían perfectamente que el arzobispo había sido fusilado por las tropas del Partido del Orden. Jacquemet, vicario general del arzobispo que había asistido a la ejecución, se lo había certificado inmediatamente después de ocurrir ésta. La Asamblea Nacional emitió un decreto expresando su gran pesar por su asesinato. Su sacrificio no fue en balde. El día de su muerte cesaron las hostilidades definitivamente, dejando un saldo de cerca de cinco mil muertos. El disparo que arrebató su vida terrenal, cumplía su palabra, cuando afirmó: No vengo a gobernar ni a turbar esta ciudad sino a ofrecerme como víctima.

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