miércoles, 28 de noviembre de 2012

La primera peseta de Seguí

Emotivo texto en que Salvador Seguí nos narra un tierno epsiodio de su infancia, una infancia proletaria marcada por las penurias, las privaciones y los grandes gestos de solidaridad
 
Salvador Segui, "el noi del sucre"
Estimado amigo Gómez Hidalgo: No puedo negarle lo que tan amablemente me pi­de. A otro, que no fuera usted, se lo hubiera negado, porque creo que estas cosas, en el fondo, no interesan a nadie, y lo poco que tienen de interés es nocivo para la curiosidad del público, ya que determinan confor­maciones morbosas en la opinión. Usted me entiende. Por otra parte, mis actos son harto corrientes y vul­gares para que puedan despertar curiosidad alguna. Porque no interprete el amigo, a quien tanto le estoy obligado, como desaire mi negativa, voy a compla­cerle.

 La primera peseta, o las primeras pesetas, que gané —pues fueron más de una— fue de singular y capri­chosa manera. Verá usted:

No tenía más de ocho años en la primavera de 1896. Era la vigilia del domingo de Ramos.

¡Domingo de Ramos! ¡Con cuánta ilusión lo espe­raba siempre mi alma infantil, enamorada de la le­yenda, de lo bello y de lo majestuoso!  Con cuánta emoción lo recuerdo aún, cuando mi espíritu, recon­centrándose, aviva el recuerdo de aquellos tiempos, dulces y tranquilos, serenos y amables, de mi niñez! Es esta fiesta, sin disputa, una de las más bellas que celebra la Iglesia y la cristiandad toda. La Iglesia ofrendaba esa fiesta en forma de glorificación y homenaje al legen­dario hijo de Galilea en su triunfal entrada en Jerusalén.

 Como queda dicho, estábamos en la vigilia de la referida fiesta del año citado; al paso de marcharse de casa mi padre a sus tareas, yo rogué a mi madre que me diera los céntimos precisos para ir a comprarme el ramo, la áurea y elegante palma que al día siguiente tenía que ofrecerse como tributo de admiración y de fe al divino hijo de Dios, por haber venido al mundo a redimir a los hombres. Mi madre se negó en princi­pio a darme los céntimos que yo tan insistentemente le pedía, no sólo porque tuviera el temor de que me los gastaría en golosinas con los demás chicos de la calle, sino también porque la privara del placer de comprármelo ella, como hacía todos los años. Tanto insistí, tanto rogué, que mi madre, bondadosa como todas las madres —la mía lo era en grado superlati­vo—, me dio el dinero, ¡dos reales!, pero me los dio convencida de que me los gastaría en chucherías y no en aquélla para que los reclamaba.

Era el atardecer. Me fui, no sin que antes me ad­virtiera mi madre de que a eso de las ocho estuviera en casa, pues, como de costumbre, tenía que llevar la cena a mi padre, que por aquel entonces aún los taho­neros trabajaban de noche. Yo, como es de suponer, di todas las seguridades a mi madre de que a la citada hora ya estaría de regreso en casa.

Alcanzado mi primer propósito, me dirigí hacia el lugar donde vendíanse las ramas, que por aquellos tiempos hacíase en todo lo largo de la rambla de Ca­taluña. Una vez allí, me detuve frente a una de las muchas paradas que había en la feria. Se hacían trans­acciones entre compradores y vendedores. Me informa­ba, me informaba de los precios, que era para mí lo más interesante. ¡Desilusión! Las ramas que vendían­se más baratas costaban tres reales. Así y todo, in­tenté fortuna. Muy serio, muy formalito, pregunté al hombre que vendía que cuánto valía la palma que yo había escogido y que tenía en mis manos; respondió­me él que una peseta. ¡Una peseta I No, no podía yo gastar tanto... Le ofrecí dos reales por ella, y el hom­bre, tomándome el ramo de las manos, díjome que los más baratos que tenía valían tres. En esta situación, ¿qué hacer? ¿Marcharme a casa sin conseguir mi objetivo, después de vencidas tantas dificultades? ¡Oh, no! Mí orgullo de niño se oponía a ello. Además, ya no era el ramo en sí lo que más me preocupaba; era el sentimiento de mi impotencia, el fracaso de mi in­tento, las mismas chacotas que despertaría en la ve­cindad y que a mí me hubieran parecido como una humillación insoportable.

No, no me fui; me quedé con la esperanza de redu­cir, de ablandar la terquedad del vendedor. ¡Triunfé! ¿Llegué yo a percibir el que aquel hombre cedería? ¿Llegó él, a su vez, a ver en mí un caso de tenacidad? ¿Por qué no me fui? ¡No sé! Hay cosas realmente inexplicables. ¡Ni aquel hombre ni yo éramos adivinos ni maestros de psicología! Lo cierto es que a la media hora que yo estaba allí aquel hombre me dio un ramo, y yo le entregué los dos reales, y satisfecho y ufano me dirigí a mi casa rambla abajo.

No había llegado aún a la rambla de Canaletas, cuando una mujer, acompañada de un niño, preguntó­me cuánto me había costado la palma. Yo, sin vacilar, le contesté que tres reales.

El niño demostró deseos de poseerla; entonces la mujer aquella me invitó a que se la vendiera, y por aquella cantidad se la cedí.

Fuime otra vez a la feria y al mismo lugar; el ven­dedor, al verme, me interrogó con la mirada. Le dije que el ramo que me había vendido antes era para un amigo mío. Después de unas palabras más me dio otro, pagué y en paz. Ya no me fui rambla abajo, me quedé en la feria, en la parte central del paseo. Pronto vendí mi segundo ramo por el mismo precio que el primero. Me presenté otra vez al vendedor. Entonces compren­dió aquel hombre lo que yo hacía: revendía lo que a él le compraba. A partir de ese momento dispuse de cinco palmas cada vez. Cuando las había vendido las pagaba y me entregaba otras cinco más. Concretando:   aún no eran las once de la noche, cuando había vendido cerca de sesenta palmas y en mí bolsillo había doce pe­setas con sesenta céntimos, todo ganancias. ¿Ganan­cias?  ¿Eran   realmente   legítimas   dichas   ganancias? Siempre tuve mis dudas acerca de ello.

La feria tocaba a su fin. Agotado el género, retirá­banse ya los vendedores. Por otra parte, los compra­dores eran escasos, quedaban sólo los rezagados. Me despedí de mi prolector hasta el año siguiente.

Inútil decir que no me acordé de cenar y menos aún de ir a llevar la cena a mi padre. ¡Buena era la que me esperaba, buena! Ya había descendido por to­das las ramblas e iba a internarme por la calle del Hospital, hacia mi casa, cuando me encontré, frente a frente, con mi madre. ¡ Iba a la feria a ver si rne en­contraba! Estaba desesperada, indignada. Me reconvi­no y amonestó severamente. Quedé como petrificado; no me defendí, no chisté siquiera. ¡Sobrada razón te­nía mi madre! Mas luego, acordándome de mi heroi­cidad, reaccioné. Saqué el dinero de mi bolsillo, se lo entregué todo a mi madre y le conté todos los episo­dios de mi hazaña.  ¡Quedó asombrada, no me creyó! Preguntóme una y otra vez de dónde había sacado tan­to dinero; yo, sobrecogido de espanto, le repetía lo que había sucedido. Fue en vano, no daba crédito a mis palabras. Entonces le propuse que fuésemos a com­probar lo que le decía. Aceptó. Hacia la feria nos diri­gimos; a medida que nos acercábamos a ella, el rostro de mi madre iba serenándose y ¡bien lo notaba yo! Llegamos al lugar; presto estaba ya el vendedor a mar­charse, cuando mí madre le interrogó. Aquel hombre le contó la verdad de lo ocurrido, añadiendo por su cuenta algunas alabanzas a mi personita. Aquel buen sujeto se ofreció, cortés y amablemente, en todo a mi madre, rogándole que al año siguiente me dejara que fuera a ayudarle en la venta. Mi madre se excusó.

Años después sostuve franca y leal amistad con aquel hombre. Se llamaba Salvador Mateu, era propie­tario y comerciante en Elche, persona tan activa como honrada y generosa. Ignoro si vive aún, pero siempre le recordaré con simpatía y gratitud.

Convencida de lo que le había dicho y tranquiliza­da por lo sucedido, además de contenta por haberme encontrado, llegamos mi madre y yo a nuestra casa. Una vez en ella, preguntóme si había cenado: contesté que no; encendió la hornilla para calentar mi cena.

 Ella también tomó un bocado. Mientras comíamos, le conté una vez más las incidencias de la jornada. Me lo perdonó todo, como saben perdonar las madres las travesuras de sus hijos: con sonrisas y besos. Me acosté. Al día siguiente, confundíase mi palma con la de los demás niños, en el atrio de la iglesia. Ramos de olivo, símbolo de la paz. Ramos de laurel, símbolo de la glo­ria. Graciosas y doradas palmas, fruto precioso de la palmera, reina del desierto y de los países de sol... Todo ello se ofrendaba al redentor del mundo, sin que el mundo se haya redimido aún...

¡ Quién pudiera tener siempre las ilusiones y el co­razón de niño!

Siempre suyo,
salvador SEGUÍ
Cárcel de Barcelona, 1921.
De ¿Cómo y cuando ganó usted la primera peseta?, Libro en­cuesta del periodista Gómez Hidalgo, pp. 150-155.

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