domingo, 30 de septiembre de 2012

CASAS DEL PUEBLO: Promoción y cultura obrera

En España no sólo se establecieron para albergar y reunir a los trabajadores y sus sociedades de resistencia, sino para combatir la ignorancia y la incultura que existía entre ellos, que les hacía ser fáciles instrumentos de explotación, sumisos a una moral y a unos convencionalismos absurdos”
Construcción de la casa del pueblo de Arija (Burgos)
por parte de los propios militantes socialistas.
En esta tarea colaboró el militante y diputado socialista Bruno Alonso
 Se establecieron para dar a conocer a los que acudían a ellas, su verdadera condición y  lugar en la sociedad como hombres y mujeres libres, como trabajadores que producían y convertían los recursos de la naturaleza en riqueza de la nación, pero de la que no percibían nada. Se les daba a conocer esa condición y que la facultad de trabajar no era una merced que recibían de sus amos, sino un derecho que lleva unida la retribución justa y suficiente para una vida decorosa, sana y que cubra las necesidades.
 En un futuro democrático, de forzoso pluralismo sindical, pese a todas las justas-a veces sólo retóricas-aspiraciones a la unidad, ¿volverán las casas a jugar un papel parecido al que un día jugaron? Aun dentro de un régimen de unidad, ¿volverán las Casas del Pueblo a ser escuelas de civismo, hogar del trabajo y anuncio de futuro, centros impulsores de socialismo autogestionario, universidades populares socialistas? Y si la nueva conciencia de autonomía sindical exige la real separación, al menos en buena parte, entre la gestión sindical y la política de partido”
 La casa del pueblo, hogar del trabajo y anuncio de futuro
La casa del pueblo, para el miembro de las sociedades socialistas, era la casa, su propia casa, donde vivía y convivía; donde encontraba el sentido a su casi siempre miserable existencia; donde tenía los hermanos y amigos; donde pensaba, leía, conversaba, hallaba ayuda para su enfermedad y vejez, aliviaba a veces el peso de los gastos cotidianos, se entretenía con espectáculos modernos y estimulantes, conocía a algunos de los hombres más prestigiosos de España, que le traía un aire de nueva sociedad; donde llevaba, y educaba a veces, a sus hijos; donde en fin, soñaba el mundo nuevo prometido, mientras día a día, en la monótona y larga serie de sus horas, lo preparaba con su esfuerzo y su esperanza.
 
V.M. Arbeloa. Las casas del Pueblo. Mañana. Madrid. 1977.

 

 

 

 

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