lunes, 16 de julio de 2012

"No llevaba ni cinco minutos trabajando y el sindicato ya lo estaba protegiendo"

La última nóvela de Ken Follet, la caida de los gigantes, nos relata, a través de varios personajes de diferentes clases sociales que se van entrelazando, la historia del primer tercio del siglo XX. Uno de los escenarios que aparecen son los conflictos mineros de principios de siglo XX en su Gales natal. De nmanera narrativa y muy ilustrativa describe con precisión las condiciones de vida y la luchas de aquellos mineros, que fueron siempre una de las partes mas activas del Movimeinto obrero. A continuación ofrecemos un breve relato del libro, en elque Billy y Tommy, dos hijos de mineros de 13 años de edad, han de abandonar la escuela para entrar en la mina. En su primer día de mina, ya descubren que la Solidaridad obrera les está protegiendo:

Billy y Tommy entraron en las oficinas de la mina. En la antesala estaba Arthur Llewellyn el Manchas, un empleado no mucho mayor que ellos. Llevaba el cuello y los puños de la camisa blanca sucios. Estaba esperándolos, pues los padres de ambos habían dispuesto previamente que empezasen a trabajar ese día. El Manchas escribió sus nombres en un libro y luego los condujo al despacho del capataz.
—El joven Tommy Griffiths y el joven Billy Williams, señor Morgan —anunció.
Maldwyn Morgan era un hombre alto y vestía un traje negro. No había restos de carbón en los puños de su camisa, y tenía las mejillas rosadas, lisas y suaves, lo que significaba que, probablemente, se afeitaba todos los días. Su titulación de ingeniero lucía enmarcada en la pared, y su bombín —la otra señal distintiva de su estatus— colgaba del perchero que había junto a la puerta. Para sorpresa de Billy, no estaba solo. Junto a él había una figura aún más pavorosa: Perceval Jones, director de  Celtic Minerals, la compañía que poseía y explotaba la mina de carbón de Aberowen, además de otras. Un hombrecillo menudo y agresivo al que los mineros llamaban Napoleón. Iba vestido formalmente con un frac negro y pantalones a rayas grises, y no se había quitado el sombrero de copa. Jones miró a los chicos con gesto de reprobación.
—Griffiths —dijo—, tu padre es un socialista revolucionario.
—Sí, señor —contestó Tommy.
—Y un ateo.
—Sí, señor Jones.
Se volvió para dirigirse a Billy.
—Y tu padre es un dirigente de la Federación Minera de Gales del Sur.
—Sí, señor Jones.
—No me gustan los socialistas. Y los ateos están condenados al fuego eterno. Y los sindicalistas son los peores de todos.
Miró a ambos fijamente, pero no les había hecho ninguna pregunta, de modo que Billy no dijo nada.
—No quiero alborotadores —siguió diciendo Jones—. En el valle de Rhondda llevan cuarenta y tres semanas de huelga por culpa de gente como vuestros padres, que meten cizañay les animan.
Billy sabía que la huelga de Rhondda no había sido provocada por los alborotadores, sino por los dueños de la mina de Ely, en Penygraig, que habían hecho un cierre patronal contra los mineros, pero mantuvo la boca cerrada.
—¿No seréis vosotros alborotadores? —Jones señaló a Billy con un dedo huesudo, y el muchacho se puso a temblar—. ¿No te habrá dicho tu padre que defiendas tus derechos mientras trabajes para mí?
Billy trató de hacer memoria, aunque era difícil teniendo el rostro amenazador de Jones a escasos centímetros del suyo. Su padre no le había dicho gran cosa esa mañana, pero la noche anterior sí le había dado algún consejo.
—Pues verá, señor, me ha dicho: «No les plantes cara ni te hagas el gallito con los patronos, que ese es mi trabajo».
A sus espaldas, Llewellyn el Manchas se rió por lo bajo. A Perceval Jones, sin embargo, no le hizo ninguna gracia.
—Mocoso insolente… —masculló—. Pero si no te dejo entrar a trabajar en la mina, tendré a todo el valle en huelga.
A Billy no se le había pasado por la cabeza algo semejante. ¿Tan importante era? No, pero cabía la posibilidad de que los mineros se pusiesen en huelga para defender a los hijos de sus dirigentes sindicales. No llevaba ni cinco minutos trabajando y el sindicato ya lo estaba protegiendo.

Ken Follet. La caida de los gigantes.

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