miércoles, 6 de junio de 2012

FINANCIACIÓN MILITANTE

¿Qién llevaba las cuentas de un organización proletaria con cientos de miles de afiliados? Leeamos el magnífico testimonio del obrero aragones Manuel Buenacasa

Juan Pey, tesorero de la CNT

Los cuatro organismos de la C. N. T. que más Fondos recau­daban en España por los años 1916-1919 tenían a Pey por deposi­tario general, con libertad completa para administrarlos según su buen entender. De ellos el más fuerte en recursos financieros, era, al principio, el Sindicato Único del Ramo de Elaborar Madera de Barcelona, el primero constituido en España (1915) conforme a tal modalidad.

Pey no sabía mucho de letras ni de números. ¿Qué hacía de los fondos que le entregaban los contadores de los organismos mencionados? ¿Cómo se las arreglaba para contabilizar y admi­nistrar tan complicado movimiento de fondos? Nadie sino él mismo lo supo nunca. Lo cierto es que jamás se le pidieron cuen­tas, pues todos estábamos seguros de que el tesoro metálico de la C. N. T. se hallaba en buenas manos y de que era administrado rigurosamente con arreglo a las estrictas necesidades de solida­ridad para con los presos y perseguidos y a la actividad confe­deral, muy intensa en aquella época.

En una reunión de la Junta del Sindicato nos rogó Pey que le relevásemos del cargo de tesorero; en realidad, había dos: además de Pey, era «cajero legal» Villaplana (inculpado que fue en los procesos de Montjuich). Accedimos a la petición para descargarle de su enorme trabajo. Entonces Pey sacó de un bolsillo su libro de contabilidad general —pequeño carnet con innumerables jeroglíficos sólo por él descifrables—, rindió cuentas entregándonos el dinero que según él pertenecía al Sindicato y dijo: «Cuando haya necesidad, ya os pediré lo que haga falta.». Villaplana convocó tres días más tarde a la Junta Sindical para comunicar que al revisar las «cuentas generales» del Sindicato había comprobado que Pey le había entregado once mil quinien­tas pesetas de más. A la reunión siguiente, Pey se presentó apesadumbrado y mo­híno, mas con inalterable serenidad. Y sin rodeos manifestó que, comprobadas de nuevo las cuentas, se encontraba con once mil quinientas pesetas de menos. «¿No las perdería por aquí la otra noche?», preguntó. —Sí —le contestó riendo Villaplana—, las encontré yo debajo de esa silla; tómalas y vete tranquilo.

En 1918, con motivo de una huelga de albañiles, Pey, a quien respetaban las propias autoridades por considerarle el hombre más inofensivo —¡y lo era!— tuvo que darse a conocer realmente, pues desarmó a dos policías que querían detenerme. Completa­mente humillados, nos rogaron que, «por sus hijos- no diéramos a nadie conocimiento de lo ocurrido. El «secreto» fue guardado celosamente hasta el día en que asesinaron a Pey, a quien yo advertí después del episodio referido:

—Te has comportado como muy pocos hombres son capaces de hacerlo. Nunca te perdonarán tu gesto —tan humano— ni como policías ni como hombres. No te propongo que huyas, porque ni sabes ni quieres huir; pero sí te aconsejo que, al menos por algún tiempo, te instales en Perpiñán.

—Eso es huir —me replicó con cariño Pey: mi puesto está aquí y aquí me quedo. Y se quedó.

Tres años más tarde lo asesinaron por la espalda, como en aquella etapa terrible se asesinó a más de setecientos de los me­jores hombres con que contaba la Confederación Nacional del Trabajo.

M. BUENACASA. El movimiento obrero español 1886-1926, 1977. P. 193

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