domingo, 4 de marzo de 2012

Prensa obrera


La difusión se una cultura propia, con su medios propios, eje fundamental de la acción militante del movimiento obrero.

Hace ahora 105 años, en 1907,  apareció el primer número del semanario Solidaridad Obrera, órgano de la organización del mismo nombre y que se convertiría en una de las cabeceras más emblemáticas de la prensa obrera. Hoy sigue siendo el periódico de la Confederación Regional de Trabajo de Cataluña. Desde los inicios del movimiento obrero organizado, con aquel frente a la ignorancia libros y periódicos, frente a la miseria asociación (lema de los obreros españoles en l I Interancional), los pobres fueron conscientes de la importancia vital que para su existir solidario tenían los libros y periódicos obreros. Sin la prensa obrera hubiera sido absolutamente imposible la formación del la cultura y la conciencia obrera, y sin ésta hubiese sido imposible la vertebración orgánica de la clase, y de su acción liberadora de la sociedad. Sin el frente cultural, no hubiera existido el movimiento obrero. Sin la prensa obrera los trabajadores habrían estado sometidos a la influencia que sobre ellos hubiera ejercido la prensa burguesa, seleccionando los flujos de noticias, describiendo a su modo los acontecimientos en beneficio de los propietarios. La prensa obrera, llegó a ser muy superior en número de cabeceras y en tirada a los periódicos de la burguesía, llegando a publicarse simultaneamente más de 100 periódicos obreros. ¿Cuántos quedan hoy? 

En una ocasión, cuando se iba a celebrar el 1º de mayo, a un periodista francés le llamó la atención que los días previos toda Barcelona estuviera tomada por carteles del partido comunista invitando a la manifestación del día del trabajo, y que no hubiera un solo cartel de la CNT. Un militante confederal de dijo que no se preocupará, pues allí estarían 100.000 cenetistas, porque: ha salido anunciado en la Soli (nombre cariñoso con el que designaban al Solidaridad Obrera). Así fue. El número de manifestantes coincidía aproximadamente con la tirada diaria del periódico anarcosindicalista. Los comunistas apenas congregaron unos miles de personas . El diario era algo sagrado para los obreros. Era mantenido con cuotas, suscripciones, bonos de lucha, paqueteros...nada de subvenciones, sino todo persecuciones. En 1932, en pleno bienio “izquierdista” de la II República, el Solidaridad Obrera sufrió 32 suspensiones gubernamentales. ¿Esa fue la República de los trabajadores?

Abad de Santillán relata refiriéndose al periódico Solidaridad Obrera: Todos los que hacían el periódico tomaban su responsabilidad en serio, y a esa función lo sacrificaban todo; si era necesario también la vida. Pero no había esa coincidencia en los redactores y administradores solamente, sino también en el personal de los talleres, jóvenes y no jóvenes. Cuando era necesario, cuando había que afrontar una crisis, una dificultad, también el personal obrero renunciaba al horario habitual y al salario. Así se formó como una vasta familia solidaria, y en ella se vivía y se sufría a gusto... El diario era algo sagrado para todos nosotros y había más probabilidad de tener que darle mucho más de lo que de él se percibía para sobrevivir precariamente. Angel Pestaña, que fue uno de los directores del Soli más destacados. Hacía aquel trabajo sin recibir salario alguno, viviendo de lo que le daba un pequeño taller de relojería. Era su forma de contribuir a la emancipación de los pobres.

Aquellos hombres y mujeres eligieron el largo y sacrificado pero fecundo, camino de la cultura y la vida solidaria, frente al atajo fácil e inmediato del asistencialismo, que castra la promoción de los pobres. El primero fomenta hombres libres, capaces de generar esperanza y liberación para los oprimidos. El segundo crea personas dependientes, y por tanto, esclavas. La ayuda del pan para hoy y hambre para mañana perpetua la miseria de los pobres, satisfaciendo únicamente las conciencias atormentadas de los enriquecidos. Por eso, hoy como ayer, crear opinión pública solidaria con los empobrecidos es muchísimo más importante que todo el dinero que se les pueda dar.

Para Salvador Seguí, la lectura y la formación eran fundamentales: Si la revolución triunfase, el proletariado español tendría que rechazarla (…) ¿por qué?, porque nosotros no estamos preparados, porque no estamos suficientemente organizados, porque no sabemos nada salvo honrosas excepciones, y eso es lo que hay necesidad de saber. Hay que leer mucho y discutir más, para que cuando llegue el momento de traducir en realidades todas esas cosas, que nos encuentren suficientemente preparados (…) Afirmamos que mientras no se eduque al pueblo no se podrá hablar de verdadera emancipación, y que sostener lo contrario es engañarse o engañar a los demás. Cuando le preguntaron sobre sus escritores preferidos contestó: Para mí el mayor de todos los pensadores ha sido Aristóteles, después Descartes, Kant, Níetzsche, Montaigne, Rousseau, Gracián... Casi nada para el hombre que no paró de trabajar de pintor, de recorrerse España y de permanecer largas temporadas en la cárcel.

Juan Diez del Moral, en la clásica Historia de las agitaciones campesinas andaluzas describe muy bien ese ansia por la cultura: En los descansos del trabajo, durante el día, y por la noche, después de la cena, el más instruido leía en voz alta folletos o periódicos que los demás escuchaban con gran atención; luego venían las peroraciones corroborando lo leído y las inacabables alabanzas (...). Es incalculable el número de ejemplares de periódicos que se repartían: cada cual quería tener el suyo. Es verdad que el 70 o el 80 por 100 no sabían leer; pero el obstáculo no era insuperable. El entusiasta analfabeto com¬praba su periódico y lo daba a leer a un compañero, a quien hacía marcar el artículo más de su gusto; después rogaba a otro camarada que le leyese el artículo marcado, y al cabo de algunas lecturas terminaba por aprenderlo de memoria. Ramiro de Maeztu, que en su juventud anduvo cercano a grupos libertarios y colaboró con la prensa obrera escribió: el lector de las obras anarquistas, obrero por punto general, no tiene biblioteca, ni compra los libros para sí solo. El firmante de este artículo ha presenciado la lectura de “La conquista del pan” en una casa obrera. En un cuarto que alumbraba quedamente una vela, se reunían todas las noches del invierno hasta catorce obreros. Leía uno de ellos trabajosamente, escuchaban los otros: cuando el lector hacia punto, sólo el chisporreteo de la vela interrumpía el silencio. También ha presenciado la lectura de la Biblia en una familia puritana... La sensación ha sido idéntica en uno y otro caso.

Las publicaciones y la prensa obrera fueron el arma más poderosa que tuvieron los pobres en sus manos, que aprendieron el gran valor que la cultura y la formación tenían para los que durante generaciones y generaciones habían estado privados de ellas.

Rodrigo Lastra

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