viernes, 10 de febrero de 2012

LAS CASAS DEL PUEBLO EN ESPAÑA

Las casas del Pueblo fueron una manifestación cultural de lo pobres organizados de primer orden. Nace, a principios del siglo XX y se extenderán por toda España con una red inigualable de bibliotecas, centros culturales, conferencias, teatro social, tertulia, formación, organización obrera... Para mucho pobres constituía su segunda cass. Leamos el  relato que hace de ellas de un militante socialista, Justo Martínez Amutio, discípulo directo de Pablo Iglesias y, muerto Franco, Senador del PSOE por Valencia:

Militantes socialistas trabajando en la construcción
de la casa del Pueblo de Turón, Asturias.
"Nosotros conocimos la existencia en España de estas Casas del Pueblo desde muchachos, aún casi niños, cuando a los doce años empezamos a frecuentar en nuestro Logroño el Centro Obrero y la escuela que en el mismo existía, regidas por militantes destacados de diversas profesiones en la que se completaba la instrucción y la educación que habíamos recibido en las escuelas primarias de la época. Entre los que asistían había buen número de trabajadores analfabetos deseosos de obtener las condiciones necesarias para conocer libros y folletos o periódicos de la deficiente prensa de la época y comunicarles a sus familiares, casi siempre también analfabetos, y a otros compañeros todo lo que era permitido que el trabajador leyese y conociese, que no era abundante y de calidad, precisamente.

En España, las Casas del Pueblo se establecieron no sólo para albergar y reunir a los trabajadores y sus sociedades de resistencia, sino para combatir la ignorancia y la incuria que existía entre ellos, que les hacía ser fáciles instrumentos de explotación, sumisos a una moral y a unos convencionalismos absurdos que se imponían en aquella sociedad retrógada e ignorante. Se establecieron para dar a conocer a los que acudían a ellas su verdadera condición y lugar en la sociedad como hombres y mujeres libres, como trabajadores que producían y convertían los recursos de la naturaleza en riqueza de la nación, pero de la que no percibían nada. Se les daba a conocer esa condición y que la facultad de trabajar no era una merced que recibían de sus amos. Además de reunirlos para que al conocer la comunidad de intereses y derechos se fomentasen los sentimientos de solidaridad, los dirigentes cuidaban también de facilitar las distracciones a los asistentes en sus locales. La corrupción y el vicio, las costumbres perniciosas para la salud y el espíritu, tenían que ser contrarrestadas eficazmente con el fin de lograr una educación y una formación racional basada en una moral natural. Estaba totalmente prohibido el juego de azar y la venta de bebidas alcohólicas. Una de las principales distracciones eran la música y el teatro. Aún en la más humilde Casa del Pueblo se habilitaba siempre un pequeño escenario para poder representar sencillas y cortas obras de teatro, dar recitales de poesía o charlas y conferencias sobre diversos aspectos de la cultura en general. La música, con la organización de orquestas y coros que daban a conocer las canciones y obras más populares, era otra de las modalidades que se cultivaban para la distracción de los afiliados y sus familias.

El teatro y las conferencias eran los únicos medios de comunicación que existían hasta ya avanzada la década de los años veinte, cuando empezó a conocerse la radiotelefonía, como se denominó, al principio, a este medio de difusión. En aquella época de constante establecimiento de Centros Obreros y Casas del Pueblo, la aparición del cinematógrafo como espectáculo no mermó la afición y el interés por el teatro. Sacrificando a veces sus escasos medios económicos acudían los obreros a los teatros cuyas obras presentaban las inquietudes sociales, las injusticias y los sistemas de dominio que la burguesía de la época tenía implantados. Los cuadros de actores y actrices que espontáneamente se formaban en las Casas del Pueblo y Centros Obreros se atrevían a representarlas...
Nuestro maestro Pablo Iglesias fue uno de los primeros en fomentar el establecimiento o creación de esas Casas del Pueblo como escuela de formación y educación de militantes y dirigentes obreros. Para lograrlo se hacían a veces sacrificios económicos extraordinarios, difíciles de comprender en esta época. Muchas veces se contribuía con el trabajo personal en la edificación y acondicionamiento de los locales, dedicando horas y hasta jornadas que eran necesarias para el descanso. La terminación y culminación del esfuerzo se celebraba con una sencilla fiesta, un mitin o una conferencia cultural; la alegría y satisfacción por ver realizada una gran ilusión resultaba desbordante, precisamente en aquellos que habían de utilizar las escuelas y locales para encauzar sus ansias de saber y adquirir, por lo menos, un conocimiento amplio y exacto de la vida y las realidades de la sociedad de la que formaban parte, así como para perfeccionar la profesión u oficio correspondiente.


Era curioso que estos deseos se manifestaran y adquiriesen forma más intensamente en zonas donde el proletariado era de condición más miserable, donde más se sufrían las injusticias. En el campo andaluz, la Mancha y Extremadura donde el dominio de los terratenientes y la nobleza eran totales, fue allí donde surgieron, precisamente, las Casas del Pueblo y centros obreros más pujantes. Lo mismo ocurrió en las concentraciones mineras e industriales, donde el capitalismo incipiente padecía las taras y resabios que manifestaba el gran capital europeo.

La parte de la sociedad dominante no estaba interesada en que el pueblo trabajador adquiriese conocimientos y cultura general, y su ofensiva contra las Casas del Pueblo adquirió caracteres de gran violencia. Aquella cla
se dominante, retrógrada e ignorante, enemiga de todo lo que significase progreso y avance cultural de los trabajadores, veía en la educación y adquisición de cultura y conocimientos de la clase obrera un peligro para su constante afán de dominio. Preveía, y acertaba en el supuesto, que los trabajadores se enfrentarían a sus explotadores con más firmeza y decisión al conocer sus derechos y saberlos exponer y razonar para defenderlos. Apenas se conocía la afiliación de un trabajador a la Casa del Pueblo o a la sociedad de resistencia de su oficio, empezaba el acoso por todas partes para que se borrase de ellas y dejase de asistir. Quienes dominaban o sus agentes presentaban a las Casas del Pueblo como antros donde toda maldad y herejía era ejercida. Y si no se llegaba al convencimiento con argumentos, pronto recurrían a la acción, sin importarles los medios. Lo esencial era el alejamiento del trabajador de aquellos Centros y el aislamiento de los compañeros.
 

Debemos aclarar que en el final de la primera década del siglo los republicanos radicales, que acaudillaba el funesto Lerroux, organizaron y establecieron unas ´Casas del Pueblo´ como círculos políticos suyos en varios puntos de Cataluña, Aragón y Levante, pero no tenían el menor parecido con la misión que en orden a la cultura y formación de luchadores tenían los que organizaban el Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores. Eran simplemente unos casinos y punto de reunión en los que se admitía el juego, y su propaganda se centraba principalmente en un anticlericalismo y antimilitarismo irracional carentes de todo sentido social y de un verdadero razonamiento. Era una constante incitación a la violencia, que pretendía utilizar el descontento latente en la clase obrera para lanzarla a la calle y enfrentarse con el poder, envolviéndola en turbias maniobras de las que siempre resultaban maltratados y derrotados los trabajadores"


Justo Martínez Amutio, citado en Arbeloa, V.M: Las Casas del Pueblo. Ed. Mañana. Madrid, 1977

No hay comentarios:

Publicar un comentario