viernes, 27 de enero de 2012

MOVIMIENTO OBRERO FRANCÉS: ORÍGENES

Sociedades de socorro mutuo

El 26 de mayo de 1823, los obreros impresores y tipógrafos de Nantes, después de muchos ensayos infructuosos por crear una sociedad común, crearon la Associatíon Typographique pour l'établissement d'une Caisse de Secours Mutiléis et de Prévoyance dans la Ville de Nantes. El reglamento aprobado ese mis¬mo día fue firmado por los setenta y cinco socios presentes. El preámbulo de los estatutos expresaba la urgencia que sentían los obreros en asociarse, y proseguía en estos términos: Y les decimos a los señores patrones impresores: No envidiamos vuestras fortunas ni vuestros placeres, ¡No!, pero sí queremos un salario capaz de proporcionarnos un modesto lecho, un refugio al abrigo de las vicisitudes del tiempo, pan para nuestra vejez y vuestra amistad a cambio de la nuestra (...) ¿Por qué no reunimos para hablar pacíficamente de nuestros asuntos, de la existencia de nuestras familias y de los intereses de nuestra industria?
Tipógrafos trabajando en las cajas según un grabado xilográfico

Según los estatutos que había adoptado, la asociación se comprometía a proporcionar socorro a sus miembros en caso de enfermedad o de accidente y durante la vejez; se hacía cargo de los gastos de sepelio; acordaba además una ayuda a los socios que se vieran obligados a abandonar Nantes por falta de trabajo. El artículo 13 de los estatutos prometía el apoyo de la asociación a todo miembro que fuera dejado cesante en una imprenta por haberse negado a aceptar usos contrarios a los existentes; todos los miembros se comprometían, en efecto, a no exigir nada de lo que no estaba establecido y a rechazar todo aquello que fuera contrario a sus intereses y a sus derechos. Por último, la sociedad fijaba las reglas de su sumisión a la autoridad: En interés de la sociedad, el señor alcalde tendrá derecho de inspeccionar dos veces por año, cada seis meses, toda su contabilidad. Como destacaremos, y como lo confirma la historia de esta sociedad, estas fórmulas prudentes expresaban algo por entero distinto de la simple voluntad de socorrerse mutuamente, y semejante sociedad era, desde su constitución, un grupo socioeconómico de resistencia, comprometido en un vasto conflicto de clases sociales.

Estas sociedades tuvieron ante todo la extrema originalidad de ser perfectamente espontáneas y de no haber surgido por influencia de ningún poder exterior a ellas, ya sea religioso o estatal. Continuaban una tradición largamente anterior a la Revolución de 1789: la constitución de fondos de previsión por las antiguas corporaciones y las antiguas cofradías.

En estos estatutos aparece una singular repetición de temas de carácter moral y se da un uso frecuente de nociones moralizadoras (beneficencia, dignidad, felicidad, justicia, moral, religión, ayuda mutua) y de expresiones humanitarias (Amarse unos a otros, hacer el bien», respetar los principios prescritos por la moral),que manifiestan en los asociados un singular vigor de las actitudes morales y una conciencia muy lúcida de la importancia de los principios realizados inmediatamente en la práctica. Citemos, por ejemplo, un extracto de los estatutos de una sociedad de terciopeleros lioneses (1827): Los maestros fabricantes que quieran formar parte de la Sociedad deberán convencerse que, para ser admitidos, es necesario que acepten los principios prescritos por la moral y la religión, y que el deber de los asociados es hacer el bien, amarse como hermanos, y no hacer a los demás lo que no quieten que se les haga a ellos (…)

Es sabido, que estas sociedades llamadas de beneficencia se transformaron en sociedades de resistencia, según un proceso inscrito en su propia intención inicial. No por ello fue menos destacado el valor fraternidad, sea revistiendo la fórmula evangélica de amor al prójimo, o la fórmula laica de justicia. (Amaos los unos a tos otros y haced a los demás lo que quisierais que os hagan a vosotros. Esta moral sublime debe ser puesta en práctica para felicidad de los hombres, puesto que es capaz de consolar a la humanidad y de mitigar la injusticia de la suerte». Lyon, Peineros de cuerno, 1810). Pero también en este caso estas fórmulas teñidas de religiosidad no pueden atribuirse solo a la tradición religiosa; parece más bien que las fórmulas cristianas sirven como instrumentos expresivos de una experiencia inmediata, la experiencia de la solidaridad dentro de un pequeño grupo creador. Es necesario subrayar que uniendo bienes materiales esas sociedades unían, en realidad, a personas. Aparentaban no ser más que una asociación de ahorros, rehusándose con perfecto derecho a caer bajo el peso de las leyes contra las asociaciones. Pero el poder político sospechaba de ellas con razón, puesto que podía presumir que una asociación de ahorros servía de máscara a una reunión de personas.

De hecho, la ambición de una sociedad de socorros mutuos era extender su protección a la personalidad del adherente e integrarlo al grupo, tomando a su cargo sus riesgos y accidentes. En este sentido destaquemos la cláusula particular según la cual la asociación se encargaba de los gastos de sepelio: se adivina que, más allá de las preocupaciones materiales, la sociedad tendía a integrar al hombre y su familia hasta en la muerte, y a afirmar que el deceso concernía al grupo en su conjunto y tenía un significado para todos sus miembros. No deja de aparecer aquí uno de los modelos con que una sociedad se esfuerza en integrar lo impensable de la muerte y en dar al hombre la seguridad de que su desaparición será vivida por la colectividad, que le dará así un significado. Encontraremos en Proudhon la misma preocupación por repensar la muerte y el mismo esfuerzo por superarla a partir de su integración social.

Pierre Ansart. El nacimiento del anarquismo.Amorrortu. Buenos Aires. 1970. Pág: 115-133. 

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