sábado, 28 de enero de 2012

AUTOGESTIÓN. ¿protagonismo de los pobres o dirigismo?


Heleno Saña. filósofo y escritor

"El conocimiento del pasado es el medio más sólido y seguro de la emancipación", escribía Lord Acton en sus "Lectures on Modern History". La máxima del erudito inglés es útil tanto para no repetir los errores del pasado como para rescatar del olvido la dimensión positiva de la historia universal. Hoy nos hemos reunido aquí para hablar de una experiencia histórica que por los motivos que iremos viendo, es silenciada cada vez más por los medios de información de masas, la casta política, los centros de enseñanza y la industria de la cultura. Me refiero, claro está, al tema de la autogestión.
Como es conocido y como he explicado en alguno de mis libros y en otros textos, el término de autogestión pasa a formar parte de la terminología político-social a partir de la década del sesenta, pero no menos conocido es asimismo que este nuevo concepto está inspirado en el ideario sindicalista surgido y cristalizado en el curso del siglo XIX y parte del XX...


Heleno Saña. La traición de los intelectuales a los pobres. Voz de los sin Voz. Madrid. 2012.
¿Qué ha quedado de estos viejos testimonios emancipativos? Muy poco. El grado de emancipación de las clases asalariadas del mundo actual es, en aspectos esenciales, inferior al que había alcanzado la clase trabajadora en la fase clásica de la lucha de clases. Esta regresión emancipativa obedece a varios motivos. Uno de los más decisivos es la despotenciación cuantitativa y cualitativa sufrida en las últimas décadas por el sindicalismo militante e independiente, fenómeno que a su vez explica la escasa resistencia que la población trabajadora ha ofrecido hasta ahora a la implacable política anti-social y anti-obrera practicada por el capitalismo desregulado y salvaje y los gobiernos a su servicio.

De igual modo que el obrero ha dejado de luchar a fondo por su emancipación humana, laboral y económica, ha renunciado también a participar normativamente en la configuración de la res publica. Con la misma docilidad que en su puesto de trabajo cumple las órdenes e instrucciones de sus capataces y jefes, acepta que una oligarquía de políticos profesionales organizados en partidos monopolice la administración general de la sociedad, oligarquía que por añadidura y para colmo de la vergüenza es el brazo alargado del gran capital. Ello reza no sólo para los partidos conservadores, liberales y de centro, sino también para los partidos que siguen alardeando de ser de izquierda, como ocurrió ya con el PSOE de Felipe González y como sigue ocurriendo con el de Rodríguez Zapatero y demás partidos socialistas y socialdemócratas de Europa y otras partes del mundo.

Se podría objetar que los sistemas de poder existentes en el hemisferio occidental han sido elegidos democráticamente por el cuerpo de ciudadanos y que, por lo tanto, son perfectamente legales y avalados por lo que Rousseau llamaba la volonté générale. Este es exactamente el tipo de argumentación utilizado por los apologetas del orden vigente para justificar su razón de ser. Lo que silencian es que el criterio último para juzgar a un régimen no es el de su legalidad formal, sino los valores concretos que encarna y práctica a nivel ético, humano y social. Y dado que estos valores poseen un rango superior a las fluctuaciones de las consultas electorales, está claro que en el plano de los valores absolutos y eternos que acabamos de mencionar, el orden vigente es legal pero no legítimo. Si no fuera así, combatirlo constituiría un acto inmoral, cuando en realidad es un imperativo de conciencia. Señalemos por último que una gran parte de las arbitrariedades y abusos de poder cometidos por los países occidentales antes y después de la II Guerra Mundial –no sólo pero sobre todo en política exterior- corrieron a cargo de gobiernos elegidos democráticamente, los Estados Unidos de América como último ejemplo paradigmático de este fenómeno siempre repetido. ¿Qué decir de un supuesto Estado de derecho que adjudica a los sectores privilegiados y poderosos de la sociedad y del mundo el "derecho" a atropellar a los débiles y desamparados?

La versión moderna del ideal autogestionario se gesta y desarrolla en el transcurso del proceso de resistencia de las clases trabajadoras contra la burguesía. El objetivo central de esta lucha es el de poner fin a la hegemonía del capital y crear unas condiciones de vida dignas y justas para el asalariado y para la sociedad en su conjunto. Esta motivación es en principio común a todos los sectores del proletariado militante, pero en su seno surgen pronto diferencias a veces abismales sobre la estrategia a seguir. Paradójicamente, fue tras la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), en 1864, que se agudizó la división de la clase trabajadora europea y de otras regiones en distintas corrientes ideológicas.

Las más importantes pasaron a ser el anarquismo (más tarde anarcosindicalismo), el socialismo o socialdemocracia de inspiración lassalliana-marxista y más tarde el comunismo de corte marxista-leninista. En vez de luchar unidos contra el enemigo común, estos tres movimientos dedicaron una parte notable de su energía y de sus posibilidades de acción a combatirse entre sí, a menudo recurriendo a la polémica y a la difamación, como hicieron Marx y Engels muy pronto con Proudhon y Bakunin.

La concepción emancipativa del marxismo sociademócrata y socialista se basaba en la conquista del Estado a través de un triunfo electoral sobre los demás partidos. La fetichización del Estado como la pieza maestra de la emancipación obrera fue anunciada por primera vez por Ferdinand Lassalle, fundador del primer partido socialdemócrata alemán y no casualmente devoto admirador de Hegel, teórico de la estatocracia. Tras la muerte de Lassalle, la socialdemocracia alemana cayó bajo la influencia de la doctrina marxista, que Kautsky adaptó a su manera a las necesidades prácticas del partido. En Francia, el socialismo postulado por la socialdemocracia alemana fue asumido miméticamente por Jules Guesde, en nuestro país estaba representada por el ala del movimiento obrero afín a Marx y Engels.

Ya por la prioridad que adjudicaba a la máquina estatal y a la subordinación de los sindicatos a las directrices del partido, el modelo socialdemócrata y socialista era incompatible con los principios autogestionarios. El marxismo-leninismo reconocía a los consejos obreros o soviets como representante de las clases trabajadoras, pero sometiéndolos en último término a la autoridad del partido comunista. Lenin despreciaba el sindicalismo y confiaba más en una élite de revolucionarios que en la gestión de los propios obreros. Tras la revolución rusa de octubre de 1917, el modelo leninista se convirtió en una dictadura del partido sobre el proletariado y el pueblo en general, una deformación que a partir de la subida al poder de Stalin degeneró en un brutal y cruel totalitarismo.

La concepción más genuina del principio de autogestión echó raíces sobre todo en el seno del sindicalismo inspirado en Proudhon, Bakunin, Kropotkin y Fernand Pelloutier. A diferencia de los partidos nutridos de la ideología marxista, el movimiento anarcosindicalista o libertario postulaba un modelo de liberación basado en la acción directa de los propios obreros y los sindicatos fundados por ellos. De ahí que una de sus normas de conducta fuese el rechazo de los partidos políticos y el abstencionismo electoral. Un elemento clave de esta concepción era el rechazo del Estado, que Proudhon definiría como "la casta de los improductivos".

Dentro del marco general del sindicalismo ácrata no faltaron nunca actitudes y posiciones de signo distinto o abiertamente opuesto. Una de ellas fue la influencia ejercida por Max Stirner y su libro "El único y su propiedad", una apología descarnada e impúdica de un individualismo desligado de todo principio ético y solidario, incompatible, por ello, con el espíritu de justicia de los ideales postulados por los padres del anarquismo. Más grave y contraproducente fue la desviación de los sectores anarquistas que en nombre de lo que llamaban "la propaganda por el hecho", predicaron el uso de la bomba, el puñal y la pistola como un método legítimo de enfrentarse a los gobiernos y políticos burgueses o monárquicos. Una de las últimas manifestaciones contrarias al espíritu abierto, asambleario, dialógico y democrático del sindicalismo libertario fue la aparición de cuadros elitistas que en nombre de la pureza anarquista pretendían dirigir, a puerta cerrada, la revolución y la marcha del sindicalismo, una línea estratégica que procedía del conspiracionismo de Bakunin y que condujo, en 1927, a la fundación de la Federación Anarquista Ibérica (FAI). La pretensión de los militantes faístas de convertir a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) fundada en 1910 en un feudo suyo, provocó en 1934 la protesta de destacados militantes cenetistas como Ángel Pestaña, Juan Peiró y demás firmantes del llamado "Manifiesto de los Treinta".


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